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Alejandro Magno

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Alejandro Magno
BERJAYA
Busto en mármol, siglo II a. C. Obra helenística de Alejandría (Egipto).

Rey de Macedonia
336 a. C.-10/13 de junio de 323 a. C.
Predecesor Filipo II
Sucesor Filipo III

Hegemón de la Liga Helénica,
Strategos autokrator de Grecia
336 a. C.-10/13 de junio de 323 a. C.
Predecesor Filipo II
Sucesor Demetrio I

Faraón de Egipto
332 a. C.-10/13 de junio de 323 a. C.
Predecesor Darío III
Sucesor Filipo III

Rey de Persia
330 a. C.-10/13 de junio de 323 a. C.
Predecesor Darío III
Sucesor Filipo III

Información personal
Nombre en griego antiguo Ἀλέξανδρος Γ' ὁ Μέγας Ver y modificar los datos en Wikidata
Nacimiento 20/23 de julio o 6/10 de octubre de 356 a. C.
Pela, Macedonia
Fallecimiento 10/13 de junio de 323 a. C. (32 años)
Babilonia, Imperio macedónico
Religión Antigua religión griega
Familia
Familia Dinastía argéada Ver y modificar los datos en Wikidata
Padres Filipo II de Macedonia y Olimpia de Epiro
Cónyuge Roxana
Estatira
Parisátide
Hijos Alejandro IV
Heracles
BERJAYA
Alejandro Magno en un fragmento del mosaico romano de Pompeya (probablemente una copia de un cuadro griego del siglo IV a. C.).

Alejandro III de Macedonia (en griego antiguo: Ἀλέξανδρος, romanizado: Aléxandros; Pela, 20/23 de julio o 6/10 de octubre de 356 a. C. - Babilonia, 10/13 de junio de 323 a. C.), conocido como Alejandro el Grande o Alejandro Magno, fue un soberano del antiguo reino griego de Macedonia.

Tras suceder en el trono a su padre, Filipo II, en el año 336 a. C. a la edad de veinte años, consagró la mayor parte de su reinado a una prolongada campaña militar que se extendió por Asia y el antiguo Egipto. Con treinta años de edad había consolidado uno de los imperios más extensos de la Antigüedad, cuyos dominios abarcaban desde el mar Jónico hasta el noroeste de la India. Invicto en el campo de batalla, la historiografía lo considera de forma unánime como uno de los comandantes militares más brillantes y exitosos de todos los tiempos.

Nacido en la ciudad capital de Pela, Alejandro recibió enseñanzas del filósofo Aristóteles hasta los dieciséis años. En 335 a. C., poco después de heredar la corona macedonia, encabezó una campaña en los Balcanes con el fin de reafirmar su autoridad sobre Tracia y diversas regiones de Iliria, para marchar posteriormente contra la ciudad griega de Tebas, cuya resistencia fue castigada con la destrucción total de la urbe. Alejandro asumió la hegemonía de la Liga de Corinto, la federación de estados griegos instituida originalmente por su padre.

Investido con la autoridad sobre el conjunto de los griegos, emprendió en 334 a. C. una invasión panhelénica del Imperio aqueménida, lo que dio inicio a una serie de campañas que se prolongarían durante una década. Tras la conquista de Asia Menor y la obtención de victorias decisivas —especialmente en Issos y Gaugamela—, el poderío aqueménida quedó fracturado. Posteriormente, Alejandro derrocó a Darío III y completó la sumisión del Imperio persa en su totalidad. Tras esta caída, el Imperio macedonio dominó una vasta extensión territorial comprendida entre el mar Adriático y el río Indo. En su empeño por alcanzar los «confines del mundo y el Gran Mar Exterior», invadió la India en 326 a. C. y obtuvo un triunfo sobre Poros, soberano del actual Punyab, en la batalla del Hidaspes. No obstante, ante el motín de sus tropas, se vio finalmente obligado a desistir de su campaña en la India y a emprender el regreso desde el río Beas. Falleció en 323 a. C. en la ciudad mesopotámica de Babilonia —la cual proyectaba convertir en la capital de su imperio—, mientras se hallaba en su ruta de retorno hacia Grecia. El deceso de Alejandro truncó definitivamente sus planes para la invasión de la península arábiga.

Tras su fallecimiento, el estallido de una sucesión de guerras civiles provocó la fragmentación del Imperio macedonio a manos de sus generales, los diádocos. La muerte de Alejandro señala, de manera convencional, el inicio del periodo helenístico. Su legado, forjado a través de las conquistas, se distingue por un profundo sincretismo y una vasta difusión cultural que propiciaron el surgimiento del grecobudismo y del judaísmo helenístico. De entre las más de veinte ciudades que fundó sobresale, por su importancia histórica, Alejandría, en Egipto. Asimismo, el establecimiento de colonias y la expansión de la cultura griega convirtieron a la civilización helenística en una referencia cultural en el mundo antiguo cuya influencia alcanzó los confines del subcontinente indio. A través del Imperio romano, esta herencia perduró hasta modelar la cultura occidental moderna; paralelamente, el idioma griego se consolidó como la lengua franca de la región y perduró como el idioma predominante del Imperio bizantino hasta su caída en el año 1453 d. C.

La figura de Alejandro, erigido a la categoría de héroe a la altura del propio Aquiles, ocupó un lugar prominente en las tradiciones históricas y míticas tanto de la cultura griega como de las no helénicas. Sus proezas y triunfos en el campo de batalla lo transformaron en un paradigma de excelencia con el que se compararía a numerosos líderes militares de la posteridad. Más allá de sus logros territoriales, Alejandro se convirtió en un referente iconográfico y cultural de primer orden en numerosas civilizaciones. Además, inspiró una vasta producción literaria y legendaria que se difundió por Europa y el mundo islámico durante siglos, mientras que su genio táctico sigue siendo, hoy en día, materia de estudio en academias militares de todo el mundo.

Biografía

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Busto romano de Alejandro, rescatado de las ruinas de Herculano. Palacio de Blenheim, Oxfordshire, Reino Unido.

Orígenes

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Alejandro pertenecía a la dinastía de los Argéadas, el linaje que rigió los destinos de Macedonia desde sus orígenes históricos. Los autores de la Antigüedad vinculaban esta estirpe con los heráclidas; el mito relata que el teménida Carano —hermano menor del rey Fidón de Argos y descendiente de undécima generación de Heracles— o,[1] de acuerdo con otras versiones, su sucesor Pérdicas,[2] emigró desde el Peloponeso hacia el norte durante el siglo VII a. C. con el fin de fundar su propio reino. Fue Argeo, hijo de Pérdicas, quien otorgó su nombre a la casa real, de la cual Alejandro III sería un descendiente lejano.[3]

Hasta el siglo IV a. C., Macedonia se configuraba como un reino exiguo y vulnerable, asediado por las persistentes incursiones de tracios e ilirios desde el norte y por la presión expansionista helena desde el sur. Pese a que los macedonios parecen haber empleado un dialecto del griego, los helenos los calificaban de bárbaros.[4] Amintas III, abuelo de Alejandro y miembro de una rama colateral de la dinastía que accedió al trono tras el asesinato de su predecesor, preservó su posición únicamente mediante una hábil diplomacia entre los diversos estados de la Hélade. Su hijo, Filipo II, transformó la realidad del reino al incrementar sustancialmente los ingresos del Estado, instituir un ejército formidable y someter a los príncipes de la Alta Macedonia. Tras derrotar a sus vecinos septentrionales, inició la conquista sistemática de las polis griegas. La esposa de Filipo y madre de Alejandro fue la princesa epirota Olimpia, hija del rey Neoptólemo I, perteneciente a la dinastía de los eácidas, quienes trazaban su linaje hasta Aquiles.[5][6] En consecuencia, Alejandro era tenido, tanto por línea materna como paterna, por descendiente de divinidades y de los más insignes héroes de la Antigüedad, convicción que ejerció una influencia determinante en la forja de su personalidad.[7]

Filipo II contrajo nupcias en siete ocasiones y convivió con todas sus consortes de manera simultánea.[8] La única hermana de vínculo pleno de Alejandro fue Cleopatra; no obstante, el joven contaba con otros hermanos por línea paterna: Arrideo, vástago de Filina de Larisa, así como sus hermanas Tesalónica, hija de Nicesípolis de Feras; Cinane, hija de la princesa iliria Audata; y Europa, hija de Cleopatra. Pese a que Arrideo aventajaba a Alejandro en un año de edad,[9] padecía una discapacidad intelectual que posicionaba a Alejandro como el único heredero legítimo para la sucesión de su padre.[10]

Nacimiento e infancia

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Alejandro Magno domando a Bucéfalo, por François Schommer.

Alejandro nació en el año 356 a. C. en Pela, la capital macedonia. Según la tradición, el alumbramiento aconteció la misma noche en que Eróstrato incendió el Templo de Artemisa en Éfeso, una de las «siete Maravillas del mundo»; los magos persas interpretaron de inmediato aquel siniestro como el presagio de una futura catástrofe para su imperio. Más tarde, Hegesias de Magnesia ofreció otra explicación a tal coincidencia: «No es de extrañar que el templo de Artemisa ardiera —escribió—, pues la diosa estaba ocupada en ese momento asistiendo al nacimiento de Alejandro».[11] De acuerdo con las fuentes, el rey Filipo, quien por entonces asediaba Potidea, recibió la noticia del nacimiento de su vástago el mismo día en que la ciudad caía en su poder. En esa misma jornada, otros mensajeros le informaron sobre una gran victoria macedonia frente a los ilirios y sobre el triunfo de su caballo de carreras en los Juegos Olímpicos.[12] No obstante, dado que los prodigios de diversa índole solían ornar el nacimiento y la vida de los grandes personajes de la Antigüedad,[13] la historiografía actual considera que estas coincidencias pertenecen, fundamentalmente, al ámbito de lo legendario.[14]

La fecha precisa del nacimiento de Alejandro permanece envuelta en la incertidumbre. Plutarco sitúa el acontecimiento en el «sexto día del mes de hecatombeón, al que los macedonios denominan loo». Numerosos historiadores establecen el 15 de julio como la jornada inicial de hecatombeón y, por consiguiente, datan el alumbramiento el 20 de julio, si bien diversas tesis defienden los días 21 o 23.[15] Por otra parte, Aristóbulo de Casandrea sostiene que el monarca vivió treinta y dos años y ocho meses,[16] cronología que trasladaría su nacimiento a la estación otoñal. Según el testimonio de Demóstenes, el mes macedonio loo no se correspondía con hecatombeón, sino con boedromión, periodo equivalente a los meses de septiembre y octubre. Debido a esta discrepancia, surge otra fecha probable para su nacimiento: el intervalo comprendido entre el 6 y el 10 de octubre.[17]

El niño recibió su nombre en honor a su antepasado Alejandro I, apodado «Filoheleno» («amigo de los griegos»),[5] una elección que podría haber tenido trasfondo político.[18]

Durante su infancia, el príncipe apenas frecuentó a su progenitor, quien permanecía constantemente en campaña; por ello, la mayor parte de su niñez transcurrió bajo la tutela de su madre, Olimpia, descrita como una mujer de «carácter difícil», «celosa y propensa a la ira», que profesaba una profunda aversión hacia su esposo.[19] Es probable que las críticas hacia Filipo fueran recurrentes en presencia del infante, lo cual forjó en Alejandro una actitud ambivalente, de forma que, si bien Filipo despertaba su admiración, también le resultaba una figura desagradable.[20] El primer mentor del príncipe fue Leónidas de Epiro, pariente de Olimpia, quien le impuso una disciplina de extrema severidad; pese al rigor de este trato, Alejandro le guardó afecto durante toda su vida. Bajo la autoridad de Leónidas se encontraba otro educador, Lisímaco de Acarnania, quien solía llamar al príncipe «Aquiles» y a sí mismo «Fénix». En compañía de otros jóvenes aristócratas de su edad, Alejandro inició la formación académica propia de su tiempo, la cual abarcaba lectura, aritmética, escritura, gimnasia y música. Asimismo, sus estudios incluían los fundamentos de la geometría, la filosofía y la literatura clásica, con especial énfasis en las epopeyas de Homero.[21][22]

El infante poseía un temperamento ardiente y una sensibilidad acusada, rasgos que compaginaba con una curiosidad insaciable y una notable diligencia.[23] Las crónicas de la época recogen diversas anécdotas que ilustran las dotes excepcionales del joven príncipe.[24] En una ocasión, ante la ausencia de su padre, Alejandro recibió a unos embajadores persas y, lejos de formular preguntas triviales o infantiles, se interesó por la extensión de las calzadas, los métodos de transporte hacia el interior de Persia y el carácter del Gran Rey frente a sus enemigos. Asimismo, inquirió sobre la magnitud de las fuerzas militares y el poderío del imperio, de tal modo que los legados, asombrados, vislumbraron en el muchacho la grandeza de sus futuros proyectos y aspiraciones. En otro episodio célebre, Alejandro logró domar a Bucéfalo, un corcel que se mostraba indomable ante los demás, al comprender que el animal simplemente reaccionaba con pavor ante su propia sombra. Tras esta exhibición de ingenio y valor, Plutarco relata que Filipo exclamó: «¡Busca, hijo mío, un reino a tu medida, pues Macedonia se te queda pequeña!».[25]

Hacia el año 343 o 342 a. C., Filipo resolvió enviar a su vástago, en compañía de otros jóvenes de la nobleza, a la ciudad de Mieza,[26][27] probablemente con el propósito de distanciarlo de la influencia materna.[28] A partir de ese momento y hasta el año 340 a. C., la formación de Alejandro quedó bajo la tutela del filósofo Aristóteles, quien mantenía estrechos vínculos de amistad con la casa real macedonia.[29][30]

Las fuentes historiográficas no precisan con exactitud las disciplinas que Aristóteles impartió al príncipe,[31] si bien se presume que Alejandro se instruyó en filosofía, retórica, geometría, medicina, zoología y geografía.[32][33] En este periodo, el joven adquirió además un conocimiento profundo de la literatura griega. Es notoria la predilección que sentía por la Ilíada de Homero, obra que releía con asiduidad y que reforzaba la importancia capital que otorgaba a su ascendencia materna vinculada a Aquiles.[34] Su erudición se extendía a la Anábasis de Jenofonte, las tragedias de Eurípides, las odas de Píndaro y los versos de autores como Estesícoro, Telestes y Filoxeno.[28][35] Del mismo modo, Alejandro estaba familiarizado con las Historias de Heródoto, lo que completaba así una formación intelectual de vasta escala.[36]

Juventud

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Hacia el año 342 a. C., Filipo reconoció de manera oficial a su hijo como heredero al trono de Macedonia.[37] En la primavera de 340 a. C., Alejandro, quien contaba entonces con quince años de edad, fue convocado por su progenitor a Pela. El monarca partió para asediar las ciudades griegas de la Propóntide y confió a su hijo la regencia en la capital, bajo la atenta supervisión de los experimentados generales Antípatro y Parmenión. Durante este intervalo, la tribu tracia de los medos se rebeló contra la autoridad macedonia; el príncipe sofocó la sublevación y fundó en aquellos territorios la ciudad de Alejandrópolis, lo que emulaba así el ejemplo de su padre, quien previamente había bautizado a Filipópolis en su propio honor.[38][28]

Dos años más tarde, Alejandro acompañó a su padre en la invasión de la Grecia Central. Durante la decisiva batalla de Queronea, ostentó el mando de la caballería de los hetairoi en el flanco izquierdo —contando de nuevo, según sugieren las fuentes, con la tutela de Antípatro y Parmenión— y lideró la carga que determinó el desenlace del combate. En esta acción, logró aniquilar al Batallón Sagrado de Tebas y, posteriormente, desbaratar la totalidad del flanco derecho enemigo.[39][40] Tras la firma de los tratados de paz, Alejandro encabezó la delegación encargada de trasladar a Atenas las cenizas de los soldados caídos.[41]

A pesar de estos logros, el vínculo entre el príncipe y su progenitor durante aquellos años distaba de ser ideal. La historiografía señala un distanciamiento psicológico motivado por la carencia de comunicación y la influencia de Olimpia; prueba de ello es que Alejandro consideraba a su mentor, Leónidas, como su padre adoptivo. Hacia Filipo, el joven albergaba sentimientos de celos y envidia, quejándose ante sus allegados tras cada victoria macedonia: «Mi padre lo conquistará todo, de modo que no me dejará a mí, ni a vosotros, la oportunidad de realizar ninguna hazaña brillante y grandiosa». Aun ostentando el estatus de heredero, Alejandro permanecía ajeno a los asuntos de Estado, mientras gran parte de la nobleza y el mando militar le escatimaban su apoyo por su ascendencia «medio epirota» y su cercanía a una madre extranjera. La situación se tornó crítica para el príncipe cuando Filipo contrajo nupcias por séptima vez con una noble macedonia, Cleopatra. Un hipotético hijo varón nacido de esta unión habría sido macedonio de estirpe pura y, por tanto, el sucesor idóneo a ojos de la corte; esta intención se manifestó abiertamente durante el banquete nupcial por mediación de Átalo, tío de la novia:[42][43]

Átalo, embriagado, en medio de los brindis exhortaba a los macedonios a que pidieran a los dioses que les concedieran de Filipo y Cleopatra un sucesor legítimo del reino. Irritado con esto Alejandro, le dijo: «Necio, ¿es que te parece que soy bastardo?» y le tiró una taza. Se levantó Filipo contra él desenvainando la espada; pero por fortuna para ambos con la cólera y el vino se le fue el pie y cayó; y entonces Alejandro le increpó exclamando: «¡Este es, oh macedonios, el hombre que se preparaba para pasar de la Europa al Asia, y pasando ahora de un escaño a otro ha venido al suelo!»
Plutarco, Vidas paralelas, Alejandro, 9.[44]

Tras aquel altercado se produjo la ruptura definitiva, lo que llevó al príncipe a partir con su madre hacia Epiro, a la corte de su tío Alejandro, para dirigirse desde allí a Iliria, territorio de los enemigos acérrimos de Macedonia. Consta que Olimpia instó a su hermano a iniciar una guerra contra Filipo, y es posible que su hijo hiciera una propuesta similar a los ilirios en busca de apoyo. Poco después, Filipo envió a Demarato de Corinto como su representante personal ante Alejandro y consiguió que su hijo regresara a Pela,[45] aunque la reconciliación final entre ambos nunca llegó a materializarse realmente.[46][47]

En 337 a. C., Padre e hijo volvieron a enfrentarse con motivo de las negociaciones entabladas con el gobernante de Caria, Pixódaro, puesto que Filipo pretendía sellar la alianza proyectada mediante el matrimonio de su hijo Arrideo con Ada, hija del mandatario cario; sin embargo, Alejandro interpretó este plan como un menoscabo a sus derechos dinásticos y, por iniciativa propia, envió a Caria a su amigo Tésalo con el mensaje de que él mismo estaba dispuesto a contraer nupcias con la princesa. Pese a que Pixódaro aceptó la propuesta, Filipo, indignado por la desarticulación de sus planes y al percibir en la intervención de Alejandro una usurpación de la prerrogativa real para concertar enlaces, interrumpió las negociaciones de inmediato mientras reprendía duramente a su hijo, a quien calificó de hombre de ánimo bajo y poco digno de su alcurnia por desear convertirse en yerno de un súbdito de reyes bárbaros; finalmente, el monarca exilió a los amigos más cercanos del príncipe —entre ellos Nearco, Ptolomeo, Hárpalo, Erigio y Laomedonte— y ordenó encadenar al emisario Tésalo.[48][49][50]

En el transcurso del año 336 a. C., Filipo intentó neutralizar a su cuñado, Alejandro de Epiro, mediante el enlace matrimonial con su hija Cleopatra, fruto de su unión con Olimpia, pero durante la celebración de la boda en Egas, y ante la presencia de su propio hijo, el monarca fue apuñalado por su guardaespaldas, Pausanias. Las fuentes historiográficas carecen de datos precisos sobre las motivaciones del magnicida, pues aunque la versión oficial atribuye el acto a una venganza de índole personal, circularon persistentes rumores sobre el posible conocimiento previo de Alejandro y Olimpia, a quienes se llegó a señalar como instigadores de la agresión.[51] Si bien la participación del príncipe en la conspiración se considera una hipótesis probable, aunque indemostrable,[7] el ejército macedonio, familiarizado con su destreza tras haberlo visto en combate, lo proclamó rey bajo la probable indicación de Antípatro.[52]

Inicio del reinado

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Grecia y Macedonia en el año 336 a. C.

Alejandro aprovechó el deceso de su progenitor para erradicar cualquier amenaza potencial contra su hegemonía, ordenando la crucifixión de los lincéstidas Arrabeo y Herómenes, miembros de la nobleza de la Alta Macedonia, ante la misma tumba de Filipo.[52][53] En esta purga, Amintas, primo y cuñado del nuevo monarca, fue ejecutado, al igual que Carano, hermano del rey, según refieren algunas crónicas.[54] Por su parte, Átalo fue ajusticiado bajo cargos de traición,[52] destino que compartieron sus parientes varones más próximos, mientras que Olimpia forzó el suicidio de Cleopatra, la última consorte de Filipo, tras ordenar el asesinato de su hija recién nacida. Gracias a estas acciones, Alejandro eliminó a sus adversarios internos dentro del reino,[55][56] ganándose simultáneamente el favor de la aristocracia y del pueblo mediante la exención de impuestos, a pesar de la crítica situación de una tesorería exhausta y una deuda que ascendía a los quinientos talentos.[57]

Al producirse el ascenso de Alejandro al trono, el Reino de Macedonia se erigía como una potencia territorial de vasta envergadura que integraba no solo la Baja Macedonia, sino también la Alta, junto a los territorios de Tracia, parte de Iliria y toda la franja septentrional del mar Egeo que anteriormente dominaban las polis griegas independientes. En una situación de subordinación se hallaban el Epiro, regido por el cuñado de Filipo merced a su intervención, la Liga Tesalia, de la cual el monarca ostentaba el cargo de tagos, y la Liga de Corinto. Esta última organización, que agrupaba al resto de Grecia con la única excepción de Esparta, había investido a Filipo como su hegemón, con amplias prerrogativas.[58] No obstante, dado que los estados griegos no estaban vinculados formalmente a Macedonia sino a la persona de su soberano, el asesinato de este motivó que se consideraran desligados de sus compromisos, lo cual llevó a los opositores en Atenas a celebrar abiertamente el deceso de Filipo mientras Tebas y Ambracia intentaban expulsar a las guarniciones macedonias que él mismo había establecido.[59]

BERJAYA
Alejandro: — ¡Pídeme lo que quieras!
Diógenes: — ¡No me tapes el sol!
Jean-Baptiste Regnault, 1818.

Ante tal escenario, Alejandro actuó con una presteza excepcional al marchar velozmente hacia el sur al frente de su ejército, logrando su designación como tagos de Tesalia para, acto seguido, penetrar en la Grecia Central y acampar ante las puertas de Tebas. Las polis griegas, desconcertadas por la celeridad de sus movimientos, manifestaron su sumisión y enviaron delegados a Corinto, asamblea en la cual se ratificó el tratado suscrito tras la batalla de Queronea. De este modo, y pese a conservar una independencia formal, la totalidad de la Hélade —con la salvedad de Esparta— quedó supeditada al mando de Alejandro, quien fue investido como hegemón de la Liga de Corinto y estratego autocrátor para la inminente campaña contra el Imperio persa, mientras numerosas ciudades aceptaban la instalación de guarniciones macedonias en sus respectivos territorios.[60][61][62]

Antes de emprender el retorno a Macedonia, Alejandro mantuvo un encuentro en Corinto con el filósofo cínico Diógenes, a quien el monarca invitó a solicitar cualquier deseo; el pensador, según relata la leyenda, formuló la célebre respuesta: «No me tapes el sol».[63] El soberano quedó tan profundamente impresionado por el orgullo y la dignidad de aquel hombre, quien le había dispensado un trato de total indiferencia, que durante el trayecto de vuelta llegó a afirmar que, de no haber sido Alejandro, le habría gustado ser Diógenes.[64] Posteriormente, el monarca se dirigió a Delfos con el fin de exigir que la pitia vaticinara su destino y, al recibir como contestación la exclamación «¡Eres invencible, hijo mío!», la interrumpió con la declaración de que no precisaba de una sola palabra más, pues aquella concisa respuesta le resultó plenamente satisfactoria.[64]

Mientras tanto, en el norte, los ilirios y los tribalos se preparaban para la guerra, por lo que el rey decidió lanzar un ataque preventivo y, en la primavera de 335 a. C., dirigió un ejército de quince mil hombres hacia el Istro. En la batalla del monte Hemo, Alejandro derrotó a los tracios, quienes ocupaban una sólida posición defensiva en las alturas, y posteriormente se impuso a los tribalos, cuyo soberano, Sirmo, se refugió en la isla de Peuce, en el Istro. En la orilla norte del río se habían congregado las tropas de la tribu de los getas, acto que Alejandro interpretó como un desafío,[65] por lo que empleó medios de transporte improvisados para cruzar el Istro con su ejército, derrotó a los getas y arrebató así a los tribalos cualquier esperanza de éxito.[66] Tras aceptar la capitulación de esta tribu, Alejandro avanzó hacia Iliria y allí sitió la fortaleza de Pelión; a pesar de verse rodeado por el enemigo, logró romper el cerco y, mediante una maniobra de distracción, atrajo a los ilirios desde las alturas hacia la llanura, lugar donde finalmente los aniquiló.[67][68][69]

Durante el transcurso de esta expedición, desarrollada entre marzo y mayo de 335 a. C., Alejandro demostró un talento militar fuera de lo común y una gran capacidad de improvisación, a lo que se sumó la aptitud crucial para controlar con firmeza contingentes militares amplios y heterogéneos. Paul Faure llega a calificar esta campaña como «quizá la más brillante y vertiginosa»[70] de toda la trayectoria de Alejandro, ya que el monarca aseguró por completo las fronteras septentrionales de Macedonia para los años venideros, al tiempo que reforzó sus filas con guerreros tracios, ilirios y tribalos tras obtener un valioso botín. No obstante, su prolongada ausencia alimentó en Grecia el rumor de su fallecimiento y, al dar crédito a la noticia, los tebanos se sublevaron y sitiaron a la guarnición macedonia, comandada por el frurarca Filotas, en la ciudadela de Cadmea. Por su parte, los atenienses brindaron su apoyo a la revuelta e iniciaron negociaciones para aliarse con los persas, mientras las polis del Peloponeso movilizaban sus tropas hacia el Istmo; sin embargo, Alejandro recibió las noticias en Iliria y partió de inmediato hacia el sur, trayecto que completó hasta Beocia en tan solo trece días.[71][72][73]

Al conocer que el rey seguía con vida, los peloponesios y los atenienses cesaron de inmediato sus acciones hostiles, de modo que solo Tebas persistió en su negativa a rendirse. En septiembre de 335 a. C., Alejandro puso sitio a la ciudad tras obtener el apoyo de las demás polis de Beocia y, mediante un ataque combinado desde el exterior y desde la ciudadela de Cadmea, los tebanos sufrieron una derrota[74] que desencadenó en las calles una auténtica masacre con un saldo de seis mil ciudadanos fallecidos. El monarca delegó la decisión sobre el destino de la urbe en sus aliados griegos, quienes dictaminaron que Tebas fuera arrasada —con la excepción de Cadmea—, que sus tierras se repartieran entre los vecinos y que la población fuera esclavizada. En total, se vendieron treinta mil personas y, con los beneficios obtenidos de aproximadamente cuatrocientos cuarenta talentos, Alejandro saldó total o parcialmente las deudas del tesoro macedonio.[57] A partir de aquel momento, nadie más se opuso a la autoridad de Macedonia, pues los griegos quedaron conmocionados por la fulminante victoria del soberano y el trágico final de la antigua ciudad, lo que llevó a algunos estados a procesar por iniciativa propia a los políticos instigadores de la rebelión. Alejandro se limitó a exigir a los atenienses la expulsión del general Caridemo y regresó a su reino, donde inició formalmente los preparativos para la campaña en Asia.[74][75]

La campaña de Oriente: del Gránico a Cilicia

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La idea de una guerra ofensiva contra Persia se gestaba en el mundo griego desde principios del siglo IV a. C. bajo el impulso de figuras como Gorgias, Esquines o Isócrates, dado que tanto griegos como macedonios encontraban gran atractivo en la perspectiva de conquistar nuevas tierras y obtener botines cuantiosos. Los griegos veían en esta empresa la oportunidad de fundar colonias en los territorios sometidos para dar salida al exceso de población y librarse de agitadores políticos, mientras que para Macedonia el liderazgo de un ejército unido en una campaña oriental representaba la consolidación definitiva de su hegemonía sobre la Hélade. Por otra parte, Persia se había opuesto abiertamente a Filipo II durante el asedio de Perinto y mostraba disposición para apoyar a sus enemigos en Grecia, motivo por el cual el monarca envió a Asia Menor una avanzadilla de su ejército bajo el mando de Átalo y Parmenión poco antes de su fallecimiento. El objetivo oficial de la contienda se centró en vengar el incendio de los santuarios griegos perpetrado por los persas en 480 a. C., aunque el plan real consistía en someter las ciudades del Egeo oriental y, al parecer, conquistar la totalidad de Asia Menor. Tras su ascenso al trono, Alejandro detuvo el avance de aquel cuerpo expedicionario inicial, pero prosiguió con los preparativos para la gran campaña hacia Oriente.[76][77]

A comienzos de la primavera de 334 a. C., el monarca emprendió la marcha contra los persas tras designar como regente en Macedonia al veterano general Antípatro, quien permaneció en el reino al mando de doce mil infantes y mil quinientos jinetes. Con Alejandro partieron otros doce mil infantes macedonios —repartidos entre nueve mil falangistas y tres mil hipaspistas—, junto a un contingente de entre mil quinientos y mil ochocientos hetairoi, nueve mil guerreros de las tribus balcánicas y cinco mil mercenarios griegos. Las polis integrantes de la Liga de Corinto aportaron siete mil hoplitas y seiscientos jinetes, mientras que los tesalios suministraron otros mil ochocientos efectivos de caballería, lo cual situaba el cómputo inicial del ejército en algo menos de cuarenta mil soldados; no obstante, se preveía que esta cifra ascendiera a los cincuenta mil tras la reunión con el cuerpo expedicionario enviado a Asia en tiempos de Filipo. Es sabido que el soberano no depositaba una confianza plena en los contingentes griegos, por lo que el núcleo fundamental y de mayor fiabilidad de su hueste lo constituían, esencialmente, las unidades de origen macedonio.[78][79][80][81]

El momento elegido para iniciar la campaña fue sumamente propicio, debido a que en primavera la flota persa permanecía aún en sus puertos, lo que le impedía obstaculizar el cruce del estrecho.[57] En mayo, Alejandro atravesó el Helesponto y desembarcó en Asia Menor, en las proximidades de la legendaria Troya, lugar donde, según la tradición, lanzó una lanza hacia tierra firme al aproximarse a la costa; este acto simbólico servía para proclamar que toda aquella región pertenecería a Macedonia.[82] Puesto que no se conocen con certeza los objetivos exactos de Alejandro en esta etapa de la guerra, los investigadores solo pueden conjeturar sobre la estrategia adoptada, considerando que el tesoro macedonio carecía prácticamente de fondos —al haber contraído el monarca una deuda de ochocientos talentos para costear sus primeras expediciones— y que su flota era claramente inferior a la persa. Sin embargo, la superioridad de la infantería de Alejandro sobre la enemiga resultaba manifiesta y, ante tal escenario, su interés radicaba en que el ejército avanzara con la mayor celeridad posible mediante la toma de plazas fuertes y el enfrentamiento en campo abierto para obtener botines en las prósperas tierras asiáticas.[83]

Memnón, comandante de los mercenarios griegos al servicio de Persia y conocedor tanto del sistema militar macedonio como del propio Alejandro,[84] propuso a los sátrapas de Asia Menor un plan para repeler la agresión consistente en evitar las batallas campales, aplicar la táctica de «tierra quemada» —con la destrucción de las ciudades al paso de los invasores— y emplear activamente la flota para lanzar ataques a la retaguardia enemiga en Grecia. Sin embargo, este plan, extremadamente peligroso para las aspiraciones de Alejandro, resultó rechazado por los sátrapas, quienes no estaban dispuestos a permitir el saqueo de sus propios dominios y confiaban plenamente en el poder de su caballería. Al cuarto día del desembarco macedonio se produjo en el río Gránico, cerca de Troya,[85] la primera gran batalla, en la cual combatió principalmente la caballería y el propio Alejandro lideró la carga de los hetairoi. El monarca dio muestras de un valor extraordinario al matar en combate singular al yerno de Darío III y, justo cuando uno de los guerreros enemigos le hendía el casco y se disponía a asestarle un golpe definitivo, Clito intervino a tiempo para salvar la vida del rey. Tras sufrir un millar de bajas, la caballería persa emprendió la huida, mientras que los mercenarios griegos al servicio de Persia se negaron a retirarse y acabaron aniquilados, frente a una pérdida macedonia de poco más de cien hombres.[86][87][88][89]

Esta victoria transformó radicalmente la situación, puesto que quedó de manifiesto que la caballería macedonia superaba a la enemiga, circunstancia que abrió las vastas extensiones de Asia Menor al avance del ejército de Alejandro. A raíz de este éxito, el dominio aqueménida en la región se desmoronó: Frigia se sometió voluntariamente al rey tras el suicidio de su sátrapa, Arsites, mientras que Mitrenes, comandante de Sardes —plaza considerada inexpugnable—, entregó la ciudad junto con sus tesoros. Una tras otra, las ciudades griegas derrocaron a los regímenes oligárquicos propersas para abrir sus puertas a los macedonios; en este nuevo contexto, Alejandro, quien en la Grecia balcánica había apoyado a la oligarquía siguiendo la línea de su padre, respaldó ahora la democratización del sistema político. El monarca suprimió los tributos impuestos por los persas a los griegos, aunque instauró una contribución especial y agrupó a las ciudades formalmente «liberadas» en un distrito administrativo bajo el mando de un hombre de su confianza.[90][91] En lo demás, Alejandro mantuvo el sistema de gobierno persa en los territorios conquistados mediante la designación de macedonios, griegos o persas leales como nuevos sátrapas.[92][93]

En Caria, Alejandro recibió el apoyo de Ada, la antigua soberana del país que había sido apartada del poder por su hermano Pixódaro, e incluso algunos investigadores sostienen que llegó a adoptar formalmente al rey macedonio.[92][94][95][96] Gracias a este vínculo, el monarca logró atraer a su causa a una parte considerable de la población caria.[97] Por primera vez desde la batalla del Gránico, Alejandro encontró resistencia en la ciudad de Mileto, cuya guarnición estaba al mando del griego Hegesístrato; por ello, los macedonios sitiaron la plaza por tierra mientras su flota llegaba por mar apenas unos días antes que las naves persas. Tras valerse de máquinas de asedio para derribar las murallas, Alejandro tomó la ciudad por asalto, de modo que la flota persa se vio obligada a retirarse al quedar privada de suministros de agua y víveres.[98][99] Tras este episodio, a los persas solo les restaba una base de operaciones en la costa occidental de Asia Menor: Halicarnaso, lugar donde se refugiaron Memnón con los mercenarios griegos supervivientes, el sátrapa de Caria, Orontobates, y varios destacados exiliados macedonios, contando además con la protección de una imponente escuadra desde el mar.[100]

BERJAYA
Alejandro corta el nudo gordiano.
Jean-Simon Berthélemy, finales del siglo XVIII — principios del XIX.

Los defensores de Halicarnaso presentaron una feroz resistencia mediante incursiones para incendiar las torres de asedio macedonias, pero tras prolongados combates, Alejandro logró finalmente abrir brecha en las murallas. Ante tal situación, Memnón prendió fuego a la ciudad y evacuó a sus tropas hacia Cos, lo cual permitió que los macedonios ocuparan Halicarnaso y terminaran de destruirla por orden del rey en septiembre de 334 a. C.[101][102] A partir de ese momento, la naturaleza de la guerra cambió radicalmente, puesto que Memnón, nombrado comandante en jefe de la contienda, trasladó las operaciones militares desde el continente asiático hacia el Egeo para situarse a la retaguardia de los macedonios.[103] Por su parte, Alejandro ya había enviado sus naves de vuelta a casa tras la toma de Mileto[104] al ser consciente de la superioridad persa en el mar y carecer de fondos para financiar su propia escuadra. Su estrategia consistía ahora en ocupar todo el litoral mediterráneo con el fin de privar a los navíos enemigos de sus bases de suministro; de este modo, ambos contendientes pasaron a operar en la retaguardia del adversario.[105]

Desde Halicarnaso, Alejandro avanzó hacia el este y, sin hallar una resistencia significativa, ocupó las regiones costeras de Licia y Panfilia antes de dirigirse brevemente hacia el norte, ya en el invierno de 334 a 333 a. C., para penetrar en el interior de Asia Menor. El soberano tomó la ciudad de Gordio, lugar donde, según la leyenda, intentó deshacer el célebre nudo gordiano bajo la creencia de que aquel que lo lograra gobernaría toda Asia; tras fracasar en el intento, Alejandro cortó el nudo con su espada.[106][107] Más tarde ocupó la Capadocia, recibió las muestras de lealtad de los paflagonios y regresó apresuradamente hacia el sur al enterarse de que Darío había reunido un gran ejército en el norte de Siria, pues el rey temía que los persas ocuparan los pasos de montaña que comunicaban Asia Menor con esta región. Sus temores resultaron infundados, de modo que los macedonios entraron sin contratiempos en Cilicia y ocuparon Tarso, ciudad donde Alejandro cayó gravemente enfermo tras sumergirse en las gélidas aguas del río Cidno en un día de intenso calor. Aquel enfriamiento fue de tal magnitud que, por un tiempo, su estado se consideró desesperado, aunque el monarca logró finalmente recuperarse gracias a los cuidados de su médico de confianza, Filipo de Acarnania.[108]

De Issos a Egipto

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A lo largo del año 333 a. C., se desarrollaron acontecimientos cruciales en el Egeo, donde Memnón obtuvo una serie de victorias e inició negociaciones para forjar una alianza con Esparta y Atenas; sin embargo, en mayo falleció repentinamente durante el asedio de Mitilene. Su sucesor, Farnabazo, resultó ser un comandante menos capaz, por lo que las acciones persas en el mar Egeo dejaron de representar una amenaza para Alejandro. Darío retiró a parte de los mercenarios griegos que servían bajo el mando de Farnabazo con el fin de integrarlos en su propio ejército, que se concentraba en el norte de Siria. En octubre o noviembre de 333 a. C., en una zona montañosa cerca de Issos, Alejandro —quien avanzaba desde Cilicia hacia el sur— se topó con este ejército. Según las fuentes, los macedonios eran numéricamente muy inferiores a sus enemigos, pero estos últimos se encontraban encajonados en un estrecho desfiladero entre el mar y las montañas, factor que les impidió aprovechar su ventaja cuantitativa.[109][110][111][112]

En la batalla, el rey macedonio lideró una vez más la carga de caballería en el flanco derecho, destrozó el ala izquierda enemiga y golpeó el centro con el objetivo de enfrentarse directamente a Darío. Este último huyó a pesar de que el desenlace del combate aún era incierto, pues sus mercenarios griegos habían logrado contener temporalmente el empuje de la falange macedonia. Al enterarse de la huida de su rey, la caballería persa también optó por abandonar el campo de batalla, lo que derivó en la aniquilación de la mayoría de los griegos, aunque ocho mil de ellos lograron escapar para unirse posteriormente al movimiento antimacedonio en Grecia. La victoria macedonia fue absoluta y permitió la captura en el campamento enemigo de un botín ingente, que incluía tres mil talentos de oro, así como al hijo, las dos hijas, la esposa y la madre de Darío. Las fuentes relatan que los nobles cautivos se preparaban para lo peor, pero Alejandro los trató con magnanimidad; además, el resto de los tesoros del rey persa fueron capturados más tarde en Damasco, un hecho gracias al cual Alejandro no volvió a sufrir escasez de recursos financieros.[113][114][115][116][117]

Esta victoria tuvo una importancia trascendental para el curso de la guerra, pues provocó la desmoralización de los persas, la pérdida de toda la franja occidental del imperio y la desaparición de sus aliados potenciales en el mundo griego. Alejandro podía elegir ahora entre dos direcciones: el este, hacia donde había huido Darío, o el sur; optó por la segunda vía con el fin de privar a la flota aqueménida de sus bases, situadas principalmente en Fenicia. Arad, Biblos y Sidón se sometieron sin resistencia, pero Tiro, que intentó mantener una postura neutral, fue sitiada. Los macedonios se enfrentaron a dificultades extremas, ya que esta ciudad se ubicaba en una isla y era prácticamente inexpugnable. Inicialmente, Alejandro intentó construir un dique para unir tierra firme con la isla, pero al constatar la magnitud de la tarea, ordenó a sus nuevos súbditos fenicios que aportaran sus naves para el asedio. La flota tiria sufrió una derrota y las máquinas de asedio lograron alcanzar las murallas para abrir brechas; tras medio año de sitio, en julio o agosto de 332 a. C., Tiro finalmente cayó ante los macedonios.[118] Alejandro ordenó crucificar a dos mil de sus defensores y el resto de la población, unas treinta mil personas, fue vendida como mano de obra esclava.[119][120][121][122]

De acuerdo con la tradición antigua, durante el asedio de Tiro, Darío envió embajadores a Alejandro con una propuesta de paz en la que se mostraba dispuesto a entregarle en matrimonio a una de sus hijas, Estatira, y a cederle las tierras «desde el Helesponto hasta el Halis», es decir, la mitad occidental de Asia Menor. Parmenión aconsejó aceptar las condiciones con la frase: «Si yo fuera Alejandro...», a lo que el rey replicó: «¡Yo también las aceptaría si fuera Parmenión!».[123] Tras la toma de Tiro, Alejandro continuó su avance hacia el sur y solo otra gran ciudad opuso resistencia: Gaza, en Palestina, la cual fue tomada por asalto tras un asedio de dos meses y en la que, en consecuencia, ordenó ejecutar a los hombres y vender a las mujeres y niños como esclavos.[124][125] A partir de ese momento, el monarca controlaba todo el litoral del Cercano Oriente, lo cual obligó a los persas, privados de sus bases marítimas, a disolver su flota, que ya se había visto mermada por el regreso de los contingentes fenicios a sus hogares. De este modo, la amenaza desde el oeste para los macedonios dejó de existir.[126]

Al sur, solo Egipto permanecía sin someter; sin embargo, la población local detestaba a los persas y, puesto que parte de las tropas del sátrapa Mazaces habían sido aniquiladas en Issos, este se rindió sin presentar batalla. Alejandro fue recibido como un libertador y proclamado de inmediato faraón, tras lo cual restituyó a los sacerdotes locales sus antiguos privilegios. Durante su estancia de seis meses en Egipto, entre diciembre de 332 y mayo de 331 a. C., el rey realizó una peregrinación al oráculo de Amón, en el oasis de Siwa, en pleno desierto Líbico, donde las fuentes relatan que el vaticinador se dirigió a él como «hijo del dios».[127][128] Cerca de la desembocadura canópica del Nilo, el monarca fundó la ciudad de Alejandría de Egipto, núcleo que pronto se convertiría en uno de los principales centros culturales del mundo antiguo y en la ciudad más importante del país.[129][130][131][132]

Titulatura Jeroglífico Transliteración (transcripción) - traducción - (referencias)
Nombre de Horus:
G5
G20V31
I6
O49
BERJAYA
ḥr mk kmt (Horus Mek Kemet)
Protector de Egipto (Kemet)
Nombre de Nesut-Bity:
BERJAYA
BERJAYA
C12C2U21
n
N36
BERJAYA
stp.n rˁ mr imn (Setepenra Meryamón)
Elegido de Ra; Amado de Amón
Nombre de Sa-Ra:
BERJAYA
BERJAYA
G1E23
V31
O34
in
D46
r
O34
BERJAYA
ˁ l k s i n d r s (Aleksanders)
Alejandro

Derrota del Imperio persa (331 - 330 a. C.)

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BERJAYA
Alejandro entra en Babilonia. Charles Le Brun, hacia 1664.

En mayo de 331 a. C., Alejandro partió de Egipto con rumbo al norte, hacia Mesopotamia, donde Darío se encontraba reuniendo un nuevo ejército. Los macedonios cruzaron el Éufrates en julio y el Tigris en septiembre, mientras preparaban el escenario para la batalla decisiva que sellaría el destino de Persia, la cual tuvo lugar el 1 de octubre en Gaugamela, cerca de Nínive. En este enfrentamiento, Alejandro se midió contra una fuerza que, según cifras de las fuentes clásicas —a todas luces exageradas—, alcanzaba el millón de hombres; a diferencia de las tropas de Issos, este contingente procedía exclusivamente de las satrapías orientales. Aunque el bando persa contaba con una caballería de élite y carros de guerra equipados con cuchillas en los radios de sus ruedas, el ejército macedonio —compuesto por unos cuarenta y siete mil efectivos— superaba al enemigo en armamento, instrucción y experiencia de combate.[133][134][135]

La ofensiva de los carros falcados persas resultó infructuosa ante la defensa macedonia. En ese momento, Alejandro, al frente de la caballería de los hetairoi, consiguió fracturar la formación enemiga entre el centro y el flanco izquierdo, lo que le permitió aproximarse de forma amenazadora a Darío III. Ante el peligro inminente, el monarca persa optó por abandonar el campo de batalla, aun cuando el resultado del enfrentamiento global todavía no se había decidido. De manera simultánea, el ala izquierda macedonia retrocedía bajo el intenso empuje de los efectivos persas, quienes incluso lograron perforar las líneas y alcanzar el convoy de suministros. Ante esta situación crítica, Parmenión, responsable de dicho flanco, solicitó ayuda urgente al monarca. Alejandro se vio así compelido a interrumpir la persecución de Darío para socorrer a sus tropas, atacando la retaguardia del flanco derecho persa y consolidando, de este modo, una victoria definitiva. Si bien las fuerzas macedonias capturaron el campamento adversario, el soberano persa logró evadir nuevamente a sus perseguidores.[136][137][138][139][140]

Este triunfo asestó el golpe definitivo al dominio de la dinastía aqueménida; de hecho, Alejandro llegó a menospreciar la victoria simultánea de Antípatro sobre los espartanos en Megalópolis al calificarla como una «pelea de ratones», a pesar de que aquel encuentro registró bajas proporcionalmente superiores.[141] A raíz de este desenlace, los sátrapas perdieron la confianza en el liderazgo de Darío III y se mostraron proclives a desertar hacia las filas macedonias, circunstancia que dejó desprotegidos los centros neurálgicos del Imperio. En octubre del año 331 a. C., las huestes macedonias ocuparon Babilonia sin hallar resistencia alguna por parte de sus habitantes, quienes acogieron a Alejandro como a un libertador y lo proclamaron «rey de todo» y «rey de las cuatro partes del mundo». Poco después, en diciembre, la ciudad de Susa también le abrió sus puertas y permitió que los vencedores capturaran un tesoro de cuarenta mil talentos de oro y plata. Posteriormente, Alejandro se dirigió hacia Persépolis, núcleo espiritual de las tierras persas, y sometió durante el trayecto a la tribu de los uxios, comandados por Madates. A pesar de la resistencia que intentó oponer el sátrapa Ariobarzanes, el soberano macedonio logró flanquear sus posiciones, lo que derivó en la toma y el saqueo de la ciudad en enero de 330 a. C., aun cuando el gobernador Tiridates había entregado el tesoro de forma voluntaria. El botín resultante fue colosal, pues alcanzó la cifra de ciento veinte mil talentos en metales preciosos. El ejército macedonio permaneció en la urbe hasta el final de la primavera y, antes de su partida, el gran palacio de los aqueménidas fue consumido por las llamas. Algunas crónicas atribuyen el incendio a la influencia de la hetera Tais de Atenas, quien supuestamente habría incitado a un Alejandro ebrio y a su círculo cercano, mientras que otras versiones sugieren que se trató de una decisión estratégica del rey para vengar las antiguas invasiones persas sobre el territorio griego.[142][143][144][145][146][147]

Entre abril y mayo del año 330 a. C., Alejandro emprendió el avance hacia el norte con el objetivo de alcanzar Media, región donde Darío III organizaba un nuevo contingente militar. Sin embargo, al aproximarse a Ecbatana, el hijo de Artajerjes Oco, Bistanes, informó al monarca macedonio de que el soberano persa había huido hacia el este tras fracasar en su intento de obtener el apoyo de escitas y cadusios.[148] La ciudad de Ecbatana fue ocupada sin oposición, lo que permitió a Alejandro iniciar una rápida persecución del enemigo al mando de sus unidades con mayor movilidad. Una vez traspasadas las Puertas Caspias, el sátrapa de Bactria, Beso, encabezó una conspiración contra Darío, a quien mantuvo bajo arresto antes de darle muerte. Alejandro halló el cuerpo cerca de Hecatómpilo, en la región de Partia, y en un gesto de respeto hacia el difunto, dispuso que sus restos fueran trasladados a Persia para recibir sepultura en el panteón real. A raíz de este magnicidio, Beso asumió el liderazgo de la resistencia contra los macedonios y se proclamó soberano con el nombre de Artajerjes V.[149][150][151][152]

Rey de Asia

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Alejandro Magno celebra un banquete con las hetairas en la Persépolis conquistada. Dibujo de G. Simoni.

Durante el desarrollo de la campaña oriental, tanto la naturaleza del conflicto como la forma en que Alejandro ejercía su dominio sobre los territorios conquistados experimentaron una transformación sustancial. En el año 330 a. C., al hallarse en Media, el monarca dispuso el licenciamiento de los contingentes militares de la Liga de Corinto y de la caballería tesalia, gesto que simbolizaba el fin de la guerra panhelénica. Este cierre de ciclo, cuyo hito definitivo fue el incendio del palacio de Persépolis, marcó el inicio de la contienda personal de Alejandro por la hegemonía sobre Asia, con el propósito de erigir a la dinastía argéada como la sucesora legítima de los aqueménidas. Tales intenciones ya se habían manifestado con claridad en Susa, cuando el soberano ocupó el trono de los antiguos reyes persas.[153] Tras confirmarse el deceso de Darío III, Alejandro declaró que su nueva misión consistiría en vengar al monarca difunto frente al usurpador Beso;[154] en consecuencia, aquellos oficiales y dignatarios que se mantuvieron fieles a Darío hasta el final no solo fueron perdonados, sino que recibieron recompensas y ascensos por parte del conquistador macedonio.[155]

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Georges-Antoine Rochegrosse. Los griegos en Persépolis, 1890.

Al autoproclamarse «rey de Asia» —título que empleó por primera vez tras la victoria en Gaugamela—, Alejandro sugería una probable continuidad entre su nuevo Estado y el Imperio aqueménida. No obstante, existe una tesis divergente según la cual el monarca podría haber buscado enfatizar la distinción entre sus dominios y la antigua Persia, fundamentada en el hecho de que declinó el uso de títulos tradicionales como el de «rey de reyes».[156] En cualquier caso, tras el deceso de Darío III, Alejandro abandonó la visión de los persas como un pueblo subyugado para gobernarlos bajo la misma premisa que sus antiguos soberanos, con la firme intención de equiparar a vencidos con vencedores y fundir ambas culturas en una entidad unitaria. En este contexto, el rey se rodeó de dignatarios locales, adoptó vestimentas orientales y estableció un harén; asimismo, introdujo en su corte el riguroso protocolo persa, que incluía la proskynesis o el acto de postración ante el soberano. Esta política de integración se extendió al ámbito militar, donde la nobleza oriental fue incorporada a la caballería y se inició el reclutamiento de la población local para la infantería, instruida según el modelo macedonio.[157] Si bien sus allegados más cercanos y los cortesanos lisonjeros aceptaron estas innovaciones sin reservas, gran parte de sus antiguos camaradas de armas, habituados a la sobriedad y a una relación de franca camaradería con su líder, no lograron resignarse a tales transformaciones.[158]

La posición de Alejandro se tornó sensiblemente más compleja debido al agotamiento crónico de su ejército tras la prolongada campaña, pues los soldados anhelaban el regreso a sus hogares y no compartían la ambición de su monarca por alcanzar la soberanía universal. A finales del año 330 a. C., el descontento comenzó a manifestarse de forma abierta y, durante la estancia de las tropas en Drangiana, se descubrió una conspiración destinada a asesinar al rey. Filotas, comandante de los hetairoi, tuvo conocimiento previo de la trama pero omitió denunciarla, lo que lo convirtió en el principal objeto de sospecha;[159] finalmente, tras ser sometido a tortura, Alejandro obtuvo de la asamblea militar su condena a muerte.[160] A raíz de este episodio, el padre del ejecutado, Parmenión, fue asesinado sin que mediara juicio ni prueba alguna de culpabilidad, suerte que también corrió Alejandro de Lincéstide, último de su estirpe.[161][162] La tensión interna culminó en el año 328 a. C. cuando el propio soberano, bajo los efectos del alcohol y durante una disputa, dio muerte con sus manos al experimentado general Clito el Negro. El suceso resultó especialmente trágico, dado que Clito era hermano de su nodriza Lanice y había salvado la vida del monarca en la batalla del Gránico.[163][164]

En el verano de 327 a. C. se descubrió la denominada «conspiración de los pajes», una trama urdida por jóvenes nobles macedonios al servicio del soberano que habían decidido poner fin a su vida, y que culminó con la ejecución de los conjurados mediante lapidación. El proceso implicó también a Calístenes, sobrino de Aristóteles e historiador de la corte, quien se distinguía por contradecir al monarca y criticar abiertamente el nuevo protocolo oriental. Tras revelarse que el historiador había instado a los jóvenes a «demostrar su hombría», este fue arrestado y falleció poco después en prisión, ya fuera víctima de la pediculosis o asesinado por orden directa del rey.[165] Para amplios sectores, la figura de Calístenes personificó la víctima del creciente despotismo de Alejandro, por lo que su muerte intensificó el descontento latente entre las huestes macedonias. En este contexto, diversos investigadores vinculan la proliferación de informes sobre conspiraciones y ejecuciones extrajudiciales con una agudización de la paranoia del monarca,[166] fenómeno que se sumaba a su naturaleza impulsiva y a un autoritarismo cada vez más desmedido.[167]

En Asia Central

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Alejandro Magno con el yelmo de Heracles (cabeza de león) en un sarcófago de Sidón.

Tras el fallecimiento de Darío III, el usurpador Beso intentó consolidar su poder en Bactria y concertó para ello una alianza con la tribu de los maságetas. Alejandro, decidido a proseguir su avance hacia el este, sometió sin hallar resistencia las regiones de Hircania y Aria; si bien el sátrapa de esta última, Satibarzanes, se sublevó poco después, el monarca sofocó la rebelión con presteza. De las dos rutas posibles hacia Bactria, el rey optó por la vía meridional, lo que le permitió ocupar sin combatir Drangiana y Aracosia, además de subyugar a la tribu de los ariaspos. En la primavera del año 329 a. C., Alejandro cruzó la cordillera del Hindú Kush de sur a norte para invadir Bactria, maniobra que obligó a Beso a retirarse más allá del río Oxo, hacia Sogdiana, donde finalmente fue capturado.[168][169] Tras el apresamiento, y como castigo por su traición, el usurpador sufrió la mutilación de su nariz y orejas antes de ser ejecutado por los macedonios; según las distintas crónicas, fue crucificado, despedazado mediante la flexión de dos árboles o entregado a los parientes de Darío III para que estos consumaran la sentencia.[170][171]

El ejército de Alejandro alcanzó el río Yaxartes, frontera natural entre los dominios persas y los territorios de los nómadas, sin hallar oposición alguna. En este emplazamiento, el monarca fundó el asentamiento fortificado de Alejandría Escate e incluso realizó una breve incursión en la margen derecha del río con el fin de dispersar a los escitas y consolidar su avance. No obstante, en septiembre del año 329 a. C., la población de Sogdiana se sublevó contra los conquistadores ante el malestar provocado por los saqueos, el inicio de la colonización helénica y la nula disposición de Alejandro al compromiso. Espitamenes, un aristócrata de la región, asumió el liderazgo de esta revuelta, la cual derivó en una cruenta guerra de guerrillas marcada por escaramuzas constantes en lugar de grandes batallas. Los insurgentes, apoyados por tribus nómadas, atacaban guarniciones aisladas mediante incursiones rápidas, mientras que los macedonios respondían con represalias que arrasaban aldeas enteras.[172] Durante el año 329 a. C., Espitamenes sitió la ciudadela de Maracanda y logró derrotar a un nutrido contingente macedonio en la batalla del Politemeto, para posteriormente, en 328 a. C., realizar una incursión de relativo éxito en Bactria. Esta contienda resultó ser la más ardua para Alejandro en toda su campaña oriental. Aunque inicialmente subestimó la amenaza, el soberano acabó asumiendo el mando directo de las operaciones y se esforzó por establecer vínculos estratégicos con la nobleza de Sogdiana y Bactria; en consecuencia, revocó la sentencia de muerte de treinta representantes de la élite local y ratificó los privilegios de los grandes terratenientes. Tras ser abandonado por gran parte de sus seguidores, Espitamenes huyó hacia el territorio de los maságetas, pero estos prefirieron pactar la paz con Alejandro y, en el invierno de 328 a 327 a. C., enviaron al monarca la cabeza del fugitivo como prueba de lealtad.[173][174]

En la primavera del año 327 a. C., Alejandro sofocó los últimos focos de resistencia en Sogdiana al capturar las fortalezas de montaña de Ariamaces y Corienes, las cuales se encontraban bajo la defensa de Arimaces. Con el propósito de consolidar su alianza con la aristocracia local, el monarca contrajo matrimonio con Roxana, hija del noble Oxiartes.[175] Una vez pacificada Asia Central mediante estos vínculos estratégicos y victorias militares, el soberano inició los preparativos definitivos para emprender su campaña en la India.[176][177]

Campaña de la India

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Alejandro proyectaba la expedición a la India ya desde el año 328 a. C., época en la que Sisicoto, sátrapa de las posesiones persas en la región, manifestó su sumisión al monarca. Al mismo tiempo, el rajá Ambhi —conocido por los macedonios como Taxiles— ofreció su colaboración ante una eventual invasión con el propósito de valerse de Alejandro para derrotar a su rival Poros, soberano del Punyab oriental. Por su parte, el rey macedonio aspiraba a conquistar la totalidad del territorio indio apoyándose en la estructura de estos aliados locales. En el verano de 327 a. C., Alejandro cruzó nuevamente la cordillera del Hindú Kush, esta vez con rumbo sureste, y subyugó a las tribus de la zona durante el trayecto. Ya en la primavera de 326 a. C., el ejército atravesó el río Indo para internarse en los dominios de Taxiles, quien entregó al soberano doscientos talentos de plata, numeroso ganado y un contingente militar que incluía elefantes de guerra. Poco después de este encuentro, Abisares, gobernante de los pueblos indios de las montañas en la actual Cachemira, también se sometió a su autoridad; en contraste, el rey Poros reunió a sus fuerzas con la firme determinación de recibir a los invasores macedonios mediante las armas.[178][179][180]

La batalla contra el monarca Poros se libró en mayo de 326 a. C. a orillas del río Hidaspes. En este encuentro, la caballería macedonia ratificó una vez más su superioridad sobre los efectivos enemigos; no obstante, las tropas de Alejandro hubieron de confrontar una nutrida formación de elefantes de guerra, una amenaza inédita hasta entonces. Los soldados macedonios consiguieron finalmente dispersar a los animales mediante ataques directos a sus patas y trompas con el uso de hachas, lo que derivó en la aniquilación del ejército de Poros y en la captura del propio soberano.[181] Tras la victoria, Alejandro restituyó a Poros en su trono e incluso incrementó la extensión de sus dominios, una maniobra estratégica orientada a evitar un fortalecimiento excesivo de su otro aliado, Taxiles.[182] Superado este obstáculo, las fuerzas macedonias continuaron su avance hacia el interior de la India, donde capturaron sin mayores dificultades treinta y siete ciudades en los territorios de los glausas hasta alcanzar las riberas del río Hifasis.[183][184] En esta frontera natural, el rey recibió noticias sobre la existencia de un vasto y próspero reino situado en las cuencas del Ganges, el cual se estimaba capaz de movilizar un ejército de doscientos mil hombres. Asimismo, se le informó de que dicho río desembocaba en el océano que delimitaba el extremo oriental de la ecúmene, datos que reforzaron la determinación de Alejandro por alcanzar la costa oceánica y culminar, de este modo, la conquista de la totalidad del mundo conocido.[185]

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Un cuadro de Charles Le Brun que representa a Alejandro y a Poros durante la batalla del Hidaspes.

Sin embargo, las huestes macedonias se hallaban exhaustas tras una campaña interminable y una sucesión constante de batallas, fatiga a la que se sumaba el azote de las lluvias tropicales, la presencia de serpientes venenosas y una alimentación a la que no estaban habituadas. En noviembre del año 326 a. C., los soldados se negaron a proseguir el avance,[186] influidos en gran medida por el temor a enfrentarse al colosal ejército del Ganges y a sus elefantes de guerra. Ante esta negativa, Alejandro se vio obligado a renunciar a sus planes; en el lugar donde su ejército se detuvo, erigió doce altares, ofreció sacrificios a los dioses y celebró juegos, para después emprender el regreso hacia el sur. El repliegue se efectuó descendiendo por los ríos Hidaspes e Indo mediante una flota construida específicamente para tal fin. Durante el trayecto, los macedonios sometieron a las tribus circundantes y encontraron, en ocasiones, una resistencia encarnizada; de hecho, en el asalto a la ciudad de los malios, ocurrido en enero de 325 a. C., Alejandro resultó gravemente herido por una flecha que le perforó el pecho. Ya en el curso inferior del Indo, el monarca hubo de afrontar una oleada de insurrecciones ante las que respondió con medidas de extrema dureza, recurriendo a ejecuciones masivas y a la esclavización de poblaciones enteras.[187][188] Según los relatos de Diodoro Sículo, aproximadamente ochenta mil «bárbaros» perdieron la vida durante esta etapa de la campaña.[189]

En el verano del año 325 a. C., las fuerzas macedonias alcanzaron el delta del Indo, punto en el que se dividieron en tres contingentes destinados a converger en Babilonia por rutas diferenciadas. La flota, bajo el mando de Nearco, emprendió la travesía por vía marítima; una parte del ejército, dirigida por Crátero, avanzó a través de Aracosia, mientras que el resto de las tropas, encabezadas por el propio Alejandro, siguió la línea costera. Esta última travesía de sesenta días por los desiertos de Gedrosia resultó más devastadora que las propias batallas, pues el calor extremo y la sed acabaron con una parte sustancial de los efectivos.[190] En diciembre, el monarca alcanzó Pura, capital de Gedrosia, donde concedió un periodo de descanso a sus hombres antes de continuar la marcha. Finalmente, Alejandro logró reunirse con Crátero en Carmania y, entre los meses de marzo y abril de 324 a. C., se produjo en Susa el encuentro definitivo con la flota de Nearco.[191][192]

El último año de su vida

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Las conquistas de Alejandro Magno.

Al alcanzar Susa, Alejandro dispuso que sus tropas descansaran tras una década de contiendas ininterrumpidas, periodo que el monarca aprovechó para dedicarse a la organización administrativa de su vasto imperio. En aquel contexto, diversos sátrapas de las regiones de Susiana, Persia y Carmania habían incurrido en flagrantes abusos de poder, circunstancia que motivó su destitución y ejecución inmediata para ser reemplazados por hombres de la absoluta confianza del rey. Por otra parte, la estabilidad del territorio se veía amenazada en las provincias más periféricas: en Bactria se produjo una sublevación de varias guarniciones locales,[193] lo que evidenciaba que los gobernadores de estas zonas remotas no siempre acataban la autoridad central. De manera similar, los vasallos indios actuaban, a todos los efectos, como soberanos independientes, lo que subrayaba la fragilidad del control macedonio en los límites orientales del imperio.[194]

Con el objetivo de consolidar la unidad del Estado, Alejandro organizó una boda multitudinaria en la que diez mil macedonios contrajeron matrimonio con mujeres asiáticas. El propio rey se desposó con Estatira, la hija mayor de Darío III, y con Parisátide, hija de Artajerjes III.[195] Su íntimo amigo Hefestión tomó por esposa a la hermana de Estatira, Dripetis, mientras que Crátero se casó con la prima de ambas, Amastrine. Otros ochenta y siete hetairoi contrajeron nupcias con nobles persas y medas; entre ellos destacó Seleuco, quien se unió a Apama, hija de Espitamenes. Los enlaces se celebraron según el rito oriental y todos los recién casados recibieron presentes de manos del soberano.[196][197]

En el verano de 324 a. C. se inició una nueva fase en la reforma del ejército con la llegada a Susa de treinta mil jóvenes asiáticos quienes, armados y adiestrados al estilo macedonio, estaban destinados a ocupar en la falange los puestos de los veteranos retirados. Paralelamente a la creación de unidades de élite integradas por persas, como los «escudos de plata» y los «compañeros de a pie», la caballería de los hetairoi recibió refuerzos de origen oriental, lo que provocó que en agosto de aquel año la infantería macedonia protagonizara un motín por su descontento ante tales innovaciones. Los falangistas clamaban que el rey debería considerar inútiles a todos los macedonios y licenciarlos, pues ya contaba con esos «jovenzuelos danzarines» para conquistar el mundo;[198] sin embargo, Alejandro no cedió ante las presiones y mandó ejecutar sin juicio previo a los trece principales instigadores, tras lo cual el resto de los amotinados depuso su actitud para implorar clemencia. Esta crisis concluyó cuando once mil soldados macedonios partieron de regreso a su patria tras un banquete de despedida en Opis, celebrado en septiembre u octubre, el cual selló la reconciliación definitiva con su soberano.[199][200]

En noviembre de 324 a. C., mientras Alejandro visitaba Ecbatana para organizar los asuntos de Media, falleció su amigo más íntimo, Hefestión, cuya pérdida supuso un golpe tan devastador para el monarca que este no solo decretó luto en todo el imperio y consultó al oráculo de Amón sobre la divinización del difunto, sino que organizó en Babilonia unos funerales de una magnificencia sin precedentes.[201] Esta aflicción marcó incluso sus acciones militares, pues sus contemporáneos consideraron la campaña de invierno contra los coseos en las montañas de Zagros como una «ofrenda fúnebre en memoria de Hefestión»; una vez concluida esta contienda, que resultó ser la última de su vida, Alejandro partió hacia Babilonia,[202] ciudad que, según diversos investigadores, el soberano pretendía convertir en la capital definitiva de sus vastos dominios.[203]

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La confianza de Alejandro Magno en el médico Filipo.[n. 1] Pintura de Henryk Siemiradzki, 1870.

El monarca proyectaba nuevas conquistas, como lo demuestran la construcción de un puerto inédito en el golfo Pérsico y el apresto de una flota destinada a subyugar Arabia para controlar el litoral desde la India hasta Egipto, [204] si bien Diodoro Sículo relata que sus planes ambicionaban incluso la hegemonía sobre el Mediterráneo occidental.[205] Mientras las naves terminaban de alistarse y el rey alternaba la supervisión de puertos y canales con la instrucción de nuevos reclutas y la recepción de embajadas,[206] su entorno más cercano experimentó cambios significativos: tras la muerte de Hefestión, el cargo de quiliarca recayó en la influencia de Pérdicas y Éumenes de Cardia, al tiempo que Alejandro ordenaba a Crátero y Poliperconte regresar a Macedonia para relevar a Antípatro, quien nunca llegaría a partir hacia Oriente debido al repentino fallecimiento del soberano.[207]

Muerte

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Cinco días antes del comienzo de la expedición contra los árabes, Alejandro cayó enfermo y, tras varios días de una profunda agonía, falleció a los 32 años en el palacio de Nabucodonosor II, en Babilonia, entre el 10[n. 2] y el 13 de junio[208] de 323 a. C.,[209][210] sin haber dejado disposición alguna sobre sus sucesores.[211] La historiografía conserva dos versiones sobre su deceso que presentan ligeras variaciones en sus detalles. La crónica de Plutarco sostiene que, unos catorce días antes de morir, el monarca agasajó al almirante Nearco y dedicó las jornadas posteriores a beber en compañía de Medio de Larisa.[212] En este contexto, Alejandro desarrolló una fiebre que se intensificó gradualmente hasta privarlo del habla. Ante la creciente inquietud de la tropa por su estado, se permitió a los soldados desfilar frente a él, a quienes el soberano saludó con gestos silenciosos.[213] Por otra parte, el relato de Diodoro indica que Alejandro sufrió un dolor agudo tras ingerir un gran cuenco de vino puro en honor a Heracles. Este episodio dio paso a once días de debilidad extrema que culminaron en una penosa agonía; según este autor, el rey no padeció fiebre, sino que sucumbió directamente tras dicho sufrimiento.[214] Si bien Arriano contempla esta segunda posibilidad como una alternativa viable, Plutarco niega categóricamente la veracidad de tal afirmación.[212]

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La muerte de Alejandro Magno. Obra de Carl Theodor von Piloty, 1885.

Dada la propensión de la aristocracia macedonia al regicidio y la relativa juventud de Alejandro,[215] la hipótesis del asesinato permeó múltiples crónicas sobre su deceso. Historiadores como Diodoro, Plutarco, Arriano y Justino aludieron a la posibilidad de que el monarca fuera envenenado. Mientras este último sostenía que Alejandro fue víctima de una conspiración, Plutarco descartaba tal idea calificándola de invención;[216] por su parte, tanto Diodoro como Arriano señalaron que incluían dicha versión únicamente en aras de la exhaustividad informativa.[214][217] Pese a estas discrepancias, los relatos convergen con notable regularidad al señalar a Antípatro como el instigador del presunto complot, quien, tras ser destituido de la gobernación de Macedonia y reemplazado por Crátero,[218] habría interpretado su convocatoria a Babilonia como una sentencia de muerte.[219] Ante el temor de sufrir el mismo destino que Parmenión y Filotas,[220] supuestamente orquestó el envenenamiento de Alejandro a través de su hijo Yolas, quien ejercía como copero real.[217][220] En este contexto, se llegó incluso a sugerir la implicación de Aristóteles en la trama.[217] El argumento más sólido contra la teoría del veneno radica en el lapso de doce días que transcurrió entre el inicio de la dolencia y el fallecimiento, un periodo excesivamente prolongado para la potencia de los tóxicos conocidos en la época.[221] No obstante, investigaciones contemporáneas han reabierto el debate. Existe la teoría de una sobredosis de eléboro, una planta tóxica empleada como laxante;[222] en un documental de la BBC de 2003, Leo Schep, del Centro Nacional de Venenos de Nueva Zelanda, propuso el empleo de ballestera o eléboro blanco (veratrum album), una planta de uso común en la Antigüedad,[223][224][225] que los médicos griegos utilizaban con miel para provocar el vómito y expulsar los malos espíritus.[226] Posteriormente, en un artículo de 2014 en la revista Clinical Toxicology, Schep sugirió que el vino de Alejandro pudo ser adulterado con dicha especie, lo que desencadenaría síntomas coincidentes con el curso de los acontecimientos descritos en el Romance de Alejandro Magno.[226] Dado que la intoxicación por veratrum album puede presentar un proceso prolongado, se considera la causa más plausible en caso de haber existido un envenenamiento.[226][227]

En la historiografía contemporánea, la versión más aceptada es que Alejandro murió por causas naturales,[222] aunque hasta la fecha no se ha establecido con certeza la causa exacta de su fallecimiento. La hipótesis más difundida sugiere que contrajo malaria, la cual habría atacado su organismo de forma simultánea con otra patología, como una neumonía o una leucemia de evolución fulminante,[228] mientras que otras vertientes señalan que pudo padecer la fiebre del Nilo Occidental,[229] leishmaniasis o cáncer. Sin embargo, el hecho de que ninguno de sus comensales enfermara resta verosimilitud a la teoría de una enfermedad infecciosa, por lo que diversos historiadores subrayan que las frecuentes parrandas de Alejandro con sus generales podrían haber minado su salud hacia el final de sus conquistas.[230] Otra tesis, presentada en 2010, sostiene que las circunstancias del óbito son compatibles con una intoxicación por las aguas del río Estigia (el actual Mavroneri en Arcadia, Grecia), las cuales contienen calicheamicina, un compuesto citotóxico extremadamente letal de origen bacteriano.[231]

Tras su muerte

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División del imperio

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El reparto del imperio de Alejandro Magno tras la batalla de Ipsos (301 a. C.).

Alejandro falleció sin haber dejado instrucciones sobre su sucesión, aunque la leyenda afirma que antes de expirar entregó su anillo sigilar a Pérdicas, quien debía actuar como regente de la reina Roxana y de su futuro vástago. Un mes después del deceso real, Roxana dio a luz a un varón que fue bautizado como Alejandro IV en honor a su padre, si bien la autoridad suprema del regente no tardó en ser cuestionada por otros comandantes —los diádocos—, quienes ambicionaban gobernar sus propias satrapías de forma independiente. Esta tensión desembocó en el año 321 a. C. en un conflicto abierto donde Pérdicas perdió la vida, lo cual dio inicio a las guerras de los Diádocos. Dichas contiendas se prolongaron de manera casi ininterrumpida hasta el 281 a. C., año en el que fallecieron los últimos generales de Alejandro y tras el cual sus descendientes se establecieron como soberanos en los diversos reinos surgidos de las cenizas de aquel imperio colosal.[232]

Todos los Argéadas cayeron víctimas de la encarnizada lucha por el poder, empezando por Arrideo, hermano de Alejandro, quien ejerció brevemente como rey títere bajo el nombre de Filipo III hasta que fue ejecutado en 317 a. C. por orden de Olimpia. En aquel mismo episodio pereció su esposa Eurídice, sobrina carnal del propio Arrideo y de Alejandro, mientras que la misma Olimpia murió un año después a manos de Casandro, hijo de Antípatro. Por su parte, Cleopatra, hermana de Alejandro, falleció en 308 a. C. en un suceso del que se responsabilizó al diádoco Antígono. El trágico final de la estirpe se consumó en el año 309 a. C., cuando Casandro ordenó el asesinato de Roxana y de Alejandro IV al mismo tiempo que el diádoco Poliperconte acababa con la vida de Heracles, el hijo que Alejandro había tenido con su concubina Barsine, episodios sangrientos que marcaron el fin definitivo de la dinastía Argéada.[233][234]

Tumba de Alejandro

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Augusto ante el mausoleo de Alejandro, obra de Eugène Buland, 1870. Museo de Orsay.

El diádoco Ptolomeo se apoderó del cuerpo embalsamado de Alejandro y, en el año 322 a. C., lo trasladó a Menfis, donde la momia probablemente permaneció custodiada en el templo del Serapeum hasta su posterior traslado a Alejandría, posiblemente por iniciativa de Ptolomeo Filadelfo.[235] Siglos más tarde, en el año 30 a. C., el primer emperador romano, Octavio, visitó el sepulcro y, al tocar los restos, le rompió accidentalmente la nariz en un movimiento torpe.[236] La última mención histórica de la momia de Alejandro data del año 215, vinculada a la visita del emperador Caracalla a Alejandría; este, como muestra de sumo respeto, depositó su túnica y su anillo sobre el sarcófago antes de que el rastro de la tumba se perdiera definitivamente para la historia.[237]

Existe la hipótesis de que el sarcófago de Nectanebo II,[238][n. 3] hallado en Egipto por el cuerpo expedicionario francés de Napoleón y entregado posteriormente a los británicos, pudo haber sido utilizado temporalmente para el entierro de Alejandro.[239] Esta posibilidad se fundamenta en que los Ptolomeos solían reutilizar diversos artefactos faraónicos para sus propios fines y en que, además, Ptolomeo I no habría dispuesto del tiempo necesario para fabricar un receptáculo a la altura del gran conquistador de forma inmediata.[240] En la actualidad, esta pieza de basalto negro, decorada con textos del Libro de lo que hay en el Inframundo, se conserva en el Museo Británico de Londres.[241]

Helenización

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El imperio de Alejandro fue el estado más extenso de su época, con una superficie aproximada de 5,2 millones de kilómetros cuadrados.

El término «helenización» fue acuñado por el historiador alemán Johann Gustav Droysen con el fin de designar la expansión de la lengua, la cultura y la población griegas por los territorios del antiguo Imperio persa tras las conquistas de Alejandro.[242] Dicho proceso se manifiesta con especial nitidez en las grandes metrópolis helenísticas, entre las que destacan Alejandría, Antioquía[243] y Seleucia, situada al sur de la actual Bagdad.[244] Alejandro aspiraba a integrar componentes helenos en el sustrato persa e hibridar ambas tradiciones para homogeneizar así a las poblaciones de Asia y Europa. A pesar de que sus sucesores rechazaron explícitamente estas políticas integradoras, la helenización se consolidó de manera efectiva en toda la región. Este fenómeno coexistió, de forma paralela, con una tendencia opuesta de «orientalización» en los estados sucesores, donde las influencias locales transformaron profundamente a las propias élites griegas.[245]

El núcleo de la cultura helenística, impulsada por las conquistas de Alejandro, tuvo un origen esencialmente ateniense.[243][246] La estrecha convivencia de hombres procedentes de todos los confines de Grecia en el seno del ejército macedonio propició la aparición de la koiné (o griego «común»), un dialecto fundamentado primordialmente en el ático.[247] Esta lengua común se difundió por la totalidad del mundo helenístico hasta erigirse en la lengua franca de dichos territorios y, finalmente, en el antepasado directo del griego moderno.[247] Asimismo, el urbanismo, el sistema educativo, la administración local y las artes de este periodo se cimentaron en los ideales de la Grecia clásica, si bien evolucionaron hacia formas nuevas y distintivas bajo la denominación de helenismo. Un hito fundamental de esta hegemonía lingüística reside en el hecho de que el Nuevo Testamento fuera redactado originalmente en griego koiné.[243] Diversos aspectos de esta herencia cultural permanecieron vigentes y eran todavía perceptibles en las tradiciones del Imperio bizantino a mediados del siglo XV.[248][249]

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Buda, en estilo greco-budista, siglos I-II d. C., Gandhara, norte de Pakistán. Museo Nacional de Tokio.

Algunos de los efectos más significativos de la helenización se manifiestan en los territorios de Asia Central y el subcontinente indio, específicamente en el ámbito de soberanía del Reino Grecobactriano (250-125 a. C.) —en los actuales Afganistán, Pakistán y Tayikistán— y del Reino indogriego (180 a. C.-10 d. C.), extendido por Afganistán e India.[250] A lo largo de las arterias comerciales de la Ruta de la Seda, la cultura helenística se fusionó con las tradiciones iraní y budista. El arte cosmopolita y la mitología de Gandhara —región que comprende la confluencia superior de los ríos Indo, Swat y Kabul en el Pakistán contemporáneo— constituyen, entre los siglos III a. C. y V d. C., el testimonio más elocuente del contacto directo entre la civilización helena y el sur de Asia. Resultan igualmente relevantes los edictos de Ashoka, los cuales documentan de manera explícita la presencia de griegos que abrazaron el budismo dentro de los dominios del emperador, así como la recepción de emisarios budistas por parte de los soberanos contemporáneos en el mundo helenístico.[251] El sincretismo resultante, denominado grecobudismo, ejerció una influencia determinante en la evolución de esta religión[252] y propició el surgimiento de una corriente artística singular. Estos reinos fueron, asimismo, responsables del envío de los primeros misioneros budistas hacia China, Sri Lanka y las regiones helenizadas de Asia y Europa a través del monacato grecobudista.

Durante este periodo surgieron algunas de las primeras y más influyentes representaciones figurativas de Buda, las cuales, bajo la estética grecobudista, tomaron posiblemente como modelo las estatuas griegas de Apolo.[250] Es probable, asimismo, que diversas tradiciones budistas recibieran el influjo de la antigua religión griega: el concepto de los bodhisattvas guarda notables analogías con el de los héroes divinos helenos,[253] mientras que ciertas prácticas ceremoniales del budismo mahāyāna —como la quema de incienso, las ofrendas florales y la colocación de alimentos en los altares— presentan similitudes con los ritos de la antigua Grecia, si bien costumbres afines existían ya en la cultura nativa índica. Un monarca griego, Menandro I, se convirtió presumiblemente al budismo y fue inmortalizado en la literatura de esta confesión bajo el nombre de «Milinda».[250] El proceso de helenización dinamizó, paralelamente, el comercio entre Oriente y Occidente.[254] Prueba de este intercambio técnico y cultural es el hallazgo de instrumentos astronómicos griegos del siglo III a. C. en la ciudad grecobactriana de Ai Janum, en el actual Afganistán.[255] Asimismo, el concepto heleno de una Tierra esférica circundada por las esferas planetarias terminó por suplantar la cosmología india tradicional, que describía el mundo como un disco de cuatro continentes dispuestos en torno a una montaña central —el Monte Meru— a modo de pétalos de una flor.[254][256] Textos como el Yavanajataka (literalmente, «tratado astronómico griego») y el Paulisa Siddhanta reflejan la profunda impronta de las ideas astronómicas griegas en la ciencia de la India.

Tras las conquistas de Alejandro Magno en Oriente, la influencia helenística en el arte indio alcanzó una dimensión extraordinaria, manifestándose de forma perdurable en diversas disciplinas. En el ámbito arquitectónico, el orden jónico extendió su presencia hasta territorios tan remotos como el actual Pakistán, con ejemplos notables en el templo de Jandial, situado en las proximidades de Taxila. Asimismo, existen diversos vestigios de capiteles que evidencian influencias jónicas en regiones tan distantes como Patna; en este contexto, destaca especialmente el capitel de Pataliputra, cuya datación se remonta al siglo III a. C.[257] Por otra parte, el orden corintio halló una representación masiva en el arte de Gandhara a través de los denominados capiteles indocorintios, piezas que resultan de particular interés historiográfico, pues integran a menudo figuras budistas entre las clásicas hojas de acanto, fusionando así la estética clásica mediterránea con la iconografía espiritual del sur de Asia.

Identidad

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Copia romana de una obra de Lisipo (Museo del Louvre). Una de las representaciones más fieles de Alejandro.

Apariencia física

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Las fuentes historiográficas ofrecen con frecuencia relatos divergentes sobre la apariencia de Alejandro, siendo los testimonios más tempranos los más parcos en detalles;[258] Arriano, por ejemplo, se limita a describirlo como un hombre de gran apostura.[259] Durante su reinado, el monarca supervisó con celo su imagen pública al confiar su representación a los artistas más insignes de la época. Este patrocinio incluyó el encargo de esculturas a Lisipo, pinturas a Apeles y grabados en gemas a Pirgoteles.[260] Los autores clásicos consignaron que Alejandro, complacido con los retratos de Lisipo, prohibió a otros escultores modelar su efigie; no obstante, la academia contemporánea acoge esta afirmación con escepticismo.[261][260] Andrew Stewart subraya que los retratos artísticos —especialmente debido a la naturaleza de su patronazgo— poseen intrínsecamente un carácter partidista. Según este autor, las representaciones del soberano «buscan legitimarlo a él (o, por extensión, a sus sucesores), interpretarlo ante su público, responder a las críticas y persuadir de su grandeza»; por consiguiente, tales obras deben analizarse bajo un prisma de «elogio y censura», de forma análoga a fuentes literarias como la poesía laudatoria.[262]Con todo, prevalece la consideración de que la estatuaria de Lisipo, aun dentro de su idealización, constituyó la plasmación plástica más fidedigna del monarca.[263]

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Cabeza de Alejandro Magno, obra de Leocares, hacia el año 330 a. C.
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Busto de Alejandro del siglo III a. C., procedente de Alejandría, Egipto.

Quinto Curcio Rufo, historiador romano del siglo I d. C. y autor de las Historias de Alejandro Magno, ofrece el siguiente relato sobre el momento en que el monarca se sentó en el trono de Darío III:

Entonces, Alejandro se acomodó en el trono real, el cual resultaba excesivamente elevado para su estatura física. Por ello, dado que sus pies no alcanzaban el peldaño inferior, uno de los pajes reales colocó una mesa bajo ellos.[264]

Tanto Curcio como Diodoro recogen una anécdota según la cual, cuando Sisigambis, la madre de Darío III, conoció a Alejandro y a Hefestión, supuso que este último era el rey debido a que era el más alto y de presencia física más imponente de los dos.[265][266]

Según Plutarco, Alejandro poseía una tez muy clara que en ciertas zonas, como el rostro y el pecho, se tornaba rojiza, siendo el escultor Lisipo quien mejor captó su apariencia al reproducir con maestría rasgos tan distintivos como «la ligera inclinación del cuello y su característica mirada lánguida».[267] El mismo autor refiere que del cuerpo del monarca emanaba «una fragancia natural tan agradable que llegaba a impregnar sus vestiduras»; este detalle ha sido interpretado por la historiografía moderna como una derivación de la creencia griega de que los aromas placenteros constituían un atributo inherente a la naturaleza de dioses y héroes.[265][266] Complementando esta visión, el historiador Paul Faure describe el «suave óvalo de su rostro siempre imberbe», su elegancia natural y una constante preocupación por el cuidado corporal,[268] alejándose de una complexión hercúlea para mostrarse indiferente ante las competiciones atléticas, ya que prefería dedicar su tiempo a la caza y a los certámenes de poetas y músicos.[267]

Por su parte, el mosaico de Alejandro y la numismática de la época lo retratan con una nariz recta, una mandíbula levemente prominente, labios carnosos y ojos hundidos bajo una frente de marcada protuberancia.[260] Asimismo, las crónicas coinciden al describir en su porte una sutil inclinación de la cabeza hacia arriba y hacia el hombro izquierdo.[269]

Claudio Eliano (c. 175 - c. 235 d. C.), en su obra Historias curiosas (12.14), describe el color del cabello de Alejandro con el término ξανθὴν (xanthēn), palabra que los griegos empleaban para designar el cabello claro, incluyendo los tonos castaños.[270][271] Aunque en ocasiones se afirma que Alejandro tenía ojos de diferente color o heterocromía,[272] esta aseveración carece de rigor histórico al basarse únicamente en la novela pseudohistórica Romance de Alejandro Magno. De hecho, una reconstrucción fundamentada en los restos de policromía original hallados en el Sarcófago de Sidón revela que el monarca fue representado en él con ojos marrones y cabello castaño, contradiciendo los mitos posteriores sobre su fisonomía.[273] Por otro lado, el Museo de la Acrópolis sugiere que los restos de pigmento rojo hallados en una cabeza de Alejandro, descubierta en 1886, constituían probablemente una imprimación sobre la cual se habrían aplicado matices dorados para recrear su cabello.[274] Asimismo, el mosaico de Pela que representa una caza de leones, elaborado a finales del siglo IV a. C. lo retrata con una cabellera rubia; dicha obra presenta oquedades en los globos oculares donde originalmente se habrían engastado piedras semipreciosas, hoy desaparecidas.[275][276][277]

Personalidad

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Moneda con la efigie de Alejandro con los cuernos de Zeus Amón, siglo III a. C., Museo Británico.

Desde una edad temprana, tanto el padre como la madre de Alejandro fomentaron sus ambiciones. Su progenitor, Filipo, representó probablemente el modelo más directo e influyente; el joven Alejandro lo observó liderar campañas casi anualmente, en las que encadenaba victorias sucesivas e ignoraba incluso heridas de gravedad.[278] Este vínculo con su padre moldeó el carácter competitivo de su personalidad: Alejandro sentía el imperativo de superar a su progenitor, inclinación que manifestaba mediante un comportamiento temerario en el campo de batalla.[279] Aunque temía que Filipo no le legara «ninguna hazaña grande o brillante que mostrar al mundo»,[280] solía restar importancia a los logros de su padre ante sus compañeros.[279] Por su parte, Olimpia también albergaba ambiciones desmedidas y alentó en Alejandro la convicción de que su destino era conquistar el Imperio persa;[279] esta influencia le inculcó un profundo sentido de la fatalidad histórica que,[281] según Plutarco, «mantuvo su espíritu serio y elevado antes de tiempo para su edad».[282]

Esta formación temprana se complementó con una faceta intelectual igualmente vigorosa. Bajo la tutela de Aristóteles, Alejandro desarrolló una inteligencia perspicaz, una gran inclinación por la filosofía y un hábito de lectura constante, cualidades que cimentaron su vertiente racional y su éxito como estratega.[279][283] No obstante, su carácter albergaba marcados contrastes: aunque mantenía un trato afable con su entorno y mostraba una notable moderación respecto a los «placeres del cuerpo», su personalidad también estaba sujeta a bruscos cambios de humor y a una falta de autocontrol en el consumo de alcohol.[259][284]Ese temperamento impetuoso, unido a una necesidad constante de reconocimiento y a la ambición por ser siempre el primero, lo impulsaba a lanzarse al centro de la refriega en cada batalla.[285][286] Esta temeridad física lo expuso a peligros constantes, lo que le ocasionó múltiples lesiones que Plutarco enumera detalladamente:

En el Gránico, su yelmo fue partido por una espada que penetró hasta el cabello… en Issos, por una espada en el muslo… en Gaza, fue herido por un dardo en el hombro; en Maracanda, por una flecha en la espinilla, de tal modo que el hueso astillado sobresalió de la herida. En Hircania, recibió una pedrada en la nuca, tras lo cual su visión empeoró y durante varios días estuvo bajo amenaza de ceguera; en la región de los asacanos, fue herido por una lanza india en el tobillo… En la tierra de los malios, una flecha de dos codos de largo, tras perforar su coraza, le hirió en el pecho; allí mismo… le asestaron un golpe de maza en el cuello.
Plutarco. Sobre la fortuna y la virtud de Alejandro, II, 9.[287]
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Fresco de la tumba de Filipo II en Vergina, que representa una escena de caza, la única imagen conocida de Alejandro en vida, años 330 a. C.

Más allá de su temeridad física, Alejandro poseía una vasta erudición y ejerció un notable mecenazgo tanto en las artes como en las ciencias.[282][283] A diferencia de su padre, orientaba sus aspiraciones exclusivamente hacia los ideales homéricos del honor (timê) y la gloria (kudos), lo que explica su desinterés por los deportes convencionales en favor de metas más trascendentales.[278][281] Este carisma excepcional y la fuerza de su personalidad lo consolidaron como un líder extraordinario; de hecho, la singularidad de sus facultades quedó de manifiesto tras su deceso, pues ninguno de sus generales logró preservar la integridad de un Imperio que solo Alejandro poseía la capacidad de sostener.[288][285]

Sin embargo, esa búsqueda incesante de la primacía y el honor derivó con el tiempo en conflictos con su círculo íntimo. Un ejemplo de ello fue el castigo impuesto al noble Hermolao, a quien el soberano ordenó azotar por haber abatido a un jabalí antes que él durante una cacería; en represalia, este último lideró la llamada «conspiración de los pajes». A medida que la campaña oriental avanzaba, su naturaleza autoritaria se hizo más patente —agravada por su creciente consumo de alcohol—, manifestando una desconfianza que algunos investigadores califican como un cuadro de paranoia incipiente.[166]

Este deterioro psicológico se agudizó tras el fallecimiento de Hefestión, momento en el que Alejandro comenzó a mostrar signos inequívocos de megalomanía.[219] Es probable que sus logros extraordinarios, sumados a un inefable sentido del destino y a la constante adulación de su corte, confluyeran para producir tal efecto.[289] Sus delirios de grandeza resultan evidentes en sus últimas voluntades y en su deseo de conquistar los confines del mundo;[219] de hecho, diversas fuentes lo describen con una «ambición sin límites»,[290][291] epíteto que ha terminado por convertirse en un cliché histórico.[292][293]

Alejandro parece haber albergado la convicción de su propia divinidad o, cuando menos, persiguió con determinación su deificación.[219] Olimpia le inculcó de manera constante la creencia de que era vástago de Zeus,[294] una noción que halló confirmación aparente tras su visita al oráculo de Amón en Siwa.[295] A raíz de este episodio, el monarca comenzó a identificarse formalmente como hijo de Zeus-Amón.[295] En el ámbito cortesano, incorporó elementos de la indumentaria y el ceremonial persas, entre los que sobresalió la proskynesis; dicha práctica se integraba en una estrategia global destinada a garantizar la lealtad de la aristocracia iraní.[296] No obstante, este ritual suscitó el rechazo de los macedonios, cuya resistencia a ejecutarlo derivó en una creciente antipatía hacia su figura.[297][298] Desde otra perspectiva, Alejandro actuó como un gobernante pragmático, consciente de la complejidad que entrañaba regir sobre pueblos de gran heterogeneidad cultural, muchos de los cuales pertenecían a sociedades que tributaban honores divinos a sus soberanos.[299][300] En este contexto, más que a un rasgo de megalomanía personal, su proceder pudo responder a una tentativa funcional por consolidar la autoridad real y salvaguardar la cohesión de su vasto imperio.[301][300]

Vida personal

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Un mural de Pompeya que representa el matrimonio de Alejandro con Estatira en el año 324 a. C.; al parecer, la pareja va vestida como Ares y Afrodita.

En su juventud, según relata Plutarco, Alejandro se mostraba «indiferente a los placeres carnales»,[267] una actitud que algunos autores atribuyen a la conflictiva relación entre sus padres, la cual habría provocado que el monarca tardara en aceptar el amor femenino.[302] De hecho, antes de contraer matrimonio, solo se le conoció una amante: Barsine, hija del sátrapa persa Artabazo.[303] Con el tiempo, Alejandro tomó tres esposas con fines principalmente dinásticos y políticos: la princesa bactriana Roxana en 327 a. C., seguida de Estatira, hija de Darío III, y Parisátide, hija de Artajerjes III, ambas desposadas en las bodas de Susa en 324 a. C. De estas uniones y vínculos nacieron sus dos únicos hijos: Heracles, fruto de su relación con Barsine (327-309 a. C.), y Alejandro IV, nacido de Roxana tras la muerte del conquistador (323-309 a. C.).[304]

Sexualidad

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La sexualidad de Alejandro ha sido objeto de intensas conjeturas y debates en la historiografía moderna.[305] Ateneo, escritor de la época romana, sostiene —apoyándose en testimonios de Dicearco, contemporáneo del monarca— que el rey sentía una inclinación excesiva por los muchachos y menciona el episodio en que Alejandro besó públicamente al eunuco Bagoas.[306] Este relato es recogido también por Plutarco, probablemente a partir de la misma fuente. No obstante, historiadores como William Woodthorpe Tarn cuestionaron la veracidad de estas anécdotas, sugiriendo que fueron fabricadas en la antigüedad para empañar la imagen de Alejandro, vinculándolas a las críticas de autores como Curcio Rufo sobre la supuesta «degeneración» del macedonio al adoptar las costumbres persas.[307] Por el contrario, investigadores como Ernst Badian han rebatido estas dudas, centrando el debate no tanto en la figura del eunuco, sino en la validez general de las fuentes sobre el conquistador.[307] Respecto a su vínculo con Hefestión, aunque ningún autor contemporáneo calificó explícitamente su relación como sexual, ambos fueron comparados de forma sistemática con Aquiles y Patroclo, quienes tradicionalmente han sido interpretados como amantes.[308] Eliano relata que, durante su visita a Troya, «Alejandro coronó la tumba de Aquiles y Hefestión la de Patroclo, sugiriendo este último que era el amado de Alejandro, del mismo modo que Patroclo lo fue de Aquiles».[309] A pesar de estas analogías, los cronistas antiguos evitaron identificarlos de manera concluyente como amantes en el sentido físico.[310] En la actualidad, historiadores como Robin Lane Fox sostienen que la relación entre Alejandro y Hefestión no solo fue sexual en su juventud, sino que pudo haberse mantenido durante la edad adulta.[311][312] Aunque este comportamiento habría desafiado las normas sociales de algunas ciudades griegas como Atenas, diversos estudios sugieren que la corte macedonia pudo haber mostrado una mayor tolerancia hacia las relaciones homosexuales entre adultos.[313][166]

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Alejandro y su general Hefestión, en la Villa Getty.

Peter Green sostiene que existen pocas evidencias en las fuentes antiguas de que Alejandro sintiera un gran interés sexual por las mujeres, puesto que no engendró un heredero hasta el final de su vida.[279] Sin embargo, el historiador Daniel Ogden calcula que el monarca, al dejar embarazadas a sus parejas en tres ocasiones durante un periodo de ocho años, procreó más hijos que su propio padre a la misma edad.[314] Cabe señalar que dos de estos embarazos —los de Estatira y Barsine— poseen una legitimidad dudosa.[315]

Según Diodoro Sículo, Alejandro formó un harén al estilo de los reyes persas, aunque le dio un uso bastante moderado para evitar la ofensa de los macedonios.[316] De este modo, el soberano mostró un notable autocontrol respecto a los «placeres del cuerpo».[259] No obstante, Plutarco describe que Alejandro quedó prendado de Roxana, a la vez que alaba su conducta por no haber forzado la relación con ella.[317] Green sugiere que, dentro del contexto de la época, Alejandro entabló amistades muy sólidas con diversas mujeres, entre las que destacan Ada de Caria, quien lo adoptó formalmente, e incluso Sisigambis, la madre de Darío, quien supuestamente murió de pena tras recibir la noticia del fallecimiento del conquistador.[279]

Al mismo tiempo, la pederastia provocaba en Alejandro Magno una profunda aversión, según el testimonio de Plutarco, quien relata que cuando el general Filoxeno le preguntó si deseaba comprar dos muchachos de «extraordinaria belleza», el rey se sintió sumamente indignado. Ante tal propuesta, Alejandro se quejó en repetidas ocasiones con sus amigos, preguntándoles si acaso Filoxeno tenía tan pobre opinión de él como para proponerle semejante infamia. De igual modo fue recibida la propuesta de Agnón, quien se ofreció a traerle a «Cróbilo, un muchacho muy famoso en Corinto», recibiendo una respuesta igualmente tajante. Esta distinción en las fuentes sugiere que, mientras Alejandro aceptaba y participaba de las relaciones eróticoafectivas entre hombres adultos (basadas en la camaradería militar o el favoritismo cortesano), rechazaba de plano el comercio y la explotación de menores, marcando una línea ética clara en su conducta privada.[318]

Convicciones religiosas

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Busto de Alejandro Magno como Helios. Museos Capitolinos, Roma.

Hasta sus primeros éxitos en la contienda contra los persas, Alejandro realizaba sacrificios a los dioses con asiduidad;[82] sin embargo, con el tiempo dejó de profesar el respeto tradicional hacia la religión helénica clásica. Esta evolución se manifestó en actos de abierta transgresión, como cuando llegó a ignorar la prohibición de visitar el Oráculo de Delfos,[319] o en su tendencia hacia la autodeificación y la sacralización de sus afectos. Un ejemplo claro de esta transformación ocurrió al llorar la pérdida de su amigo Hefestión, a quien elevó al rango de los héroes, instituyendo su culto oficial y ordenando la cimentación de dos templos en su honor.[320][321]

Al proclamarse hijo de Amón-Ra en Egipto, Alejandro afirmó una naturaleza divina que llevó a los sacerdotes locales a venerarlo tanto en calidad de vástago divino como de deidad propia,[322] un acto que generalmente se interpreta como una maniobra política pragmática para legitimar su dominio sobre el territorio.[323] Sin embargo, esta ambición por deificarse no siempre contó con el respaldo de los griegos; de hecho, la mayoría de las polis solo reconocieron su esencia divina —como hijo de Zeus— poco antes de su muerte y, a menudo, con una desgana evidente, tal como demostraron los espartanos al decretar: «Ya que Alejandro quiere ser un dios, que lo sea».[324] Pese a que en su honor comenzaron a celebrarse las Alejandrías e incluso los embajadores de las ciudades griegas terminaron por condecorarlo con coronas de oro en reconocimiento simbólico de su divinidad,[325] este anhelo de autodivinización socavó seriamente la confianza de muchos de sus soldados y generales.[326] Aunque en Grecia no era inusual rendir honores similares a comandantes victoriosos, el verdadero malestar surgió cuando Alejandro renegó de su padre terrenal para exigir ser reconocido específicamente como un dios invicto.[327]

Flavio Josefo, un autor posterior, recogió la leyenda de que el propio Yahvé se le había aparecido a Alejandro en sueños, motivo por el cual el conquistador habría tratado con gran respeto al sumo sacerdote judío en Jerusalén. Según este relato, el monarca incluso llegó a leer el Libro de Daniel, donde supuestamente se reconoció a sí mismo en las profecías que allí se describían.[n. 4][328]

Política urbanística de Alejandro

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Fundación de ciudades

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Durante el transcurso de su campaña oriental, Alejandro fundó una serie de ciudades bautizadas en su honor como Alejandrías, centros que servían tanto de guarniciones militares como de nodos de difusión cultural. Según la tesis de Fritz Schachermeyr, la primera de estas urbes podría haber surgido cerca de Issos en el año 333 a. C.,[329] si bien otros historiadores mantienen una postura escéptica ante tal supuesto por la falta de evidencias arqueológicas concluyentes. En 331 a. C. se fundó la célebre Alejandría de Egipto en las proximidades de la desembocadura canópica del Nilo; en esta ocasión, el propio monarca seleccionó el emplazamiento y determinó personalmente tanto el trazado de las murallas como la ubicación de la ágora. Gracias a su privilegiada situación geográfica, la nueva ciudad se transformó rápidamente en el principal centro comercial y cultural del Mediterráneo.[330]

Todas las demás Alejandrías fueron fundadas en las regiones interiores del antiguo Imperio persa, al este del río Tigris. Aunque Plutarco afirma que el monarca erigió un total de setenta ciudades, la mayoría de los investigadores considera que dicha cifra es una exageración, ya que en diversos casos podría tratarse de la creación de simples puestos de avanzada o de proyectos que nunca llegaron a ejecutarse; por ello, los especialistas actuales reducen el número a treinta y cuatro, dieciséis o incluso trece ciudades. Las fuentes clásicas mencionan urbes como Alejandría del Cáucaso, situada al pie de la montaña donde, según el mito, fue encadenado Prometeo (cerca de Bagram o en el sitio de la actual Charikar); Alejandría del Tanais, construida en apenas diecisiete días; Alejandría de Margiana, ubicada en el oasis de Merv; así como Alejandría de Oxiana, presumiblemente en el sitio la actual Kulob, y Alejandría Escate («la Última»), emplazada probablemente en la actual Juyand. A estas se suman Alejandría de Bactriana, Alejandría Ariana y Alejandría de Aracosia, situada donde hoy se alza Kandahar. En la India, Alejandro fundó las ciudades de Nicea y Bucéfala en las orillas opuestas del río Hidaspes, mientras que sus generales Hefestión y Pérdicas erigieron Orobatis. Además, se establecieron cuatro Alejandrías en la cuenca del Indo —todas desaparecidas durante las conquistas de Chandragupta—, junto con otras dos fundaciones en Gedrosia y una más en Carmania.[331]

Existen diversas opiniones sobre los objetivos de la política urbanística del monarca, la cual pudo orientarse a la protección de las rutas comerciales, a la consolidación del poder sobre los territorios conquistados o a un intento por homogeneizar culturalmente su imperio mediante la creación de focos de civilización helénica en Oriente. Por lo general, las ciudades surgían en las proximidades de asentamientos menores ya existentes, donde el ejército erigía las murallas antes de proseguir su marcha y dejar el resto de las edificaciones en manos de los colonos. Aunque se sabe muy poco sobre la composición original de la población de estas urbes, se conservan datos precisos sobre dos Alejandrías: en una de ellas el rey asentó a siete mil veteranos macedonios, mientras que en la otra estableció a un número indeterminado de mercenarios griegos, macedonios no aptos para el servicio o «rebeldes», y «bárbaros» de los alrededores. Se presume que, en todos los casos, los nuevos núcleos urbanos albergaban tanto a griegos como a macedonios y nativos, lo que dio lugar a una composición demográfica extremadamente heterogénea desde un principio. No obstante, para muchos habitantes el estatus de colono representaba un castigo severo al implicar, de facto, un exilio perpetuo; de hecho, se tiene constancia de varias insurrecciones de colonos cuyo único propósito era regresar a sus hogares en los Balcanes.[332]

Fundación de templos

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Ofrenda de Alejandro Magno a Atenea Polias en Priene, que actualmente se conserva en el Museo Británico.[333]

En el año 334 a. C., Alejandro Magno sufragó los fondos necesarios para concluir la edificación del nuevo templo de Atenea Polias en Priene, ubicada en la actual Turquía occidental.[334] Una inscripción hallada en dicho santuario, custodiada hoy en el Museo Británico, proclama: «El rey Alejandro dedicó [este templo] a Atenea Polias».[333] Este epígrafe constituye uno de los escasos hallazgos arqueológicos independientes que corroboran, de forma directa, un episodio de la vida del conquistador.[333] El diseño del templo fue obra de Piteo, quien también figuró como uno de los arquitectos del célebre Mausoleo de Halicarnaso.[333][334][335]

Por su parte, Libanio dejó constancia de que Alejandro fundó el templo de Zeus Botieo (en griego antiguo: Βοττιαίου Δῖός) en el emplazamiento donde, con posterioridad, se erigiría la ciudad de Antioquía.[336][337] Asimismo, la Suda consigna que el monarca ordenó la construcción de un gran recinto sagrado consagrado a Serapis.[338]

En 2023, expertos del Museo Británico plantearon la posibilidad de que Alejandro fuera el fundador de un templo griego descubierto en Ngirsu, Irak. Según los investigadores, los hallazgos recientes sugieren que este lugar sagrado «honra a Zeus y a dos hijos divinos: Heracles y el propio Alejandro».[339]

Proezas militares

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Alejandro se hizo acreedor al epíteto de «el Grande» en virtud de su extraordinario desempeño como estratega militar: no conoció la derrota en el campo de batalla, aun cuando se enfrentó habitualmente a una notable inferioridad numérica.[340] Sus triunfos se sustentaron en un aprovechamiento magistral de la orografía, el empleo de tácticas coordinadas entre la falange y la caballería, una audacia estratégica perenne y la lealtad incondicional de sus huestes.[341][342] La falange macedonia, cuya eficacia radicaba en el uso de la sarisa —una pica de aproximadamente seis metros de longitud—, había sido perfeccionada por Filipo II mediante un régimen de instrucción riguroso. Alejandro capitalizó la cohesión y maniobrabilidad de esta unidad para combatir con éxito a las fuerzas persas, las cuales, pese a su superioridad cuantitativa, adolecían de una marcada heterogeneidad.[342] Asimismo, el monarca logró mitigar las tensiones internas de un ejército multicultural, integrado por hombres de diversas lenguas y armamentos, al involucrarse personalmente en la vanguardia del combate,[301] preservando así la tradición heroica de la antigua realeza macedonia.[341][342]

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La batalla del Gránico, 334 a. C.

En su enfrentamiento inaugural en tierras asiáticas, la batalla del Gránico, Alejandro desplegó apenas una fracción de sus efectivos —cerca de trece mil infantes y cinco mil jinetes— para oponerse a un contingente persa significativamente superior, estimado en cuarenta mil hombres.[343] El soberano dispuso a la falange en el sector central y situó a la caballería y a los arqueros en los flancos; de este modo, logró que su línea de frente igualara los tres kilómetros de extensión cubiertos por la caballería persa. En contraste, la infantería persa permaneció apostada en la retaguardia de su propia caballería. Esta configuración táctica evitó que Alejandro fuera flanqueado, mientras que su falange, guarecida tras una barrera de largas picas, obtuvo una superioridad decisiva frente a las cimitarras y jabalinas del adversario. Al término de la lid, las bajas macedonias resultaron insignificantes en comparación con el severo desgaste sufrido por las filas persas.[344]

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La batalla de Issos, 333 a. C.

En Issos, en el año 333 a. C., durante su primer choque directo con Darío, Alejandro recurrió a un despliegue táctico análogo, logrando que la falange central fracturara de nuevo las líneas adversarias.[344] El propio monarca encabezó la carga por el centro, acción que precipitó la desbandada del ejército oponente.[341] Posteriormente, en el encuentro decisivo de Gaugamela, Darío introdujo innovaciones para contrarrestar la hegemonía macedonia: equipó sus carros con cuchillas en las ruedas, con el fin de desarticular la falange, y dotó a su caballería de picas. Ante este desafío, Alejandro dispuso una doble falange cuyo centro avanzó en formación angular; al paso de los carros falcados, las filas se abrieron de forma coordinada para cerrarse inmediatamente después, lo que neutralizó el ataque. Esta maniobra resultó exitosa y quebró el núcleo de la formación de Darío, lo que obligó al Gran Rey a emprender la huida una vez más.[344]

Frente a adversarios que empleaban técnicas de combate desconocidas para él, como ocurrió en Asia Central y en la India, Alejandro adaptó sus fuerzas al estilo de sus oponentes. De este modo, en Bactriana y Sogdiana, recurrió con éxito a sus lanzadores de jabalina y arqueros con el fin de frustrar los movimientos de flanqueo, al tiempo que concentraba su caballería en el sector central.[341] En la India, al enfrentarse al cuerpo de elefantes de Poros, los macedonios abrieron sus filas para rodear a los paquidermos y utilizaron sus sarisas para herir hacia arriba; mediante esta maniobra, consiguieron derribar a los conductores de los animales y desarticular la carga enemiga.[345]

Legado cultural e intelectual

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La figura de Alejandro ocupa un lugar único en la cultura universal, pues, según los investigadores, ningún otro personaje histórico ha sido objeto de una atención tan intensa por parte de las artes y las ciencias, ni protagonista de interpretaciones tan numerosas y diversas. A lo largo de un vasto territorio que abarcaba toda Europa y gran parte de Asia y África, el monarca sirvió como modelo a seguir para multitud de gobernantes y militares, desde sus propios diádocos hasta figuras como Adolf Hitler. Este impacto perdura de tal forma que, incluso en la actualidad, los líderes de muchas tribus afganas trazan su linaje hasta él, mientras que dos estados, Grecia y Macedonia del Norte, mantienen una disputa histórica sobre quién es el verdadero heredero del legado de Alejandro.[346]

Antigüedad

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Busto de Alejandro en el Jardín de Verano.

El nombre de Alejandro se convirtió en un instrumento fundamental de propaganda política tras su muerte, utilizado por los diádocos para legitimar su autoridad. Pérdicas, por ejemplo, justificó su regencia basándose en que el rey le había entregado personalmente su anillo sigilar, mientras que Éumenes de Cardia, buscando mantener la unidad del imperio, aseguró que Alejandro se le aparecía en sueños para prometerle su presencia invisible en los consejos de guerra.[347] La veneración de su figura también se tradujo en gestos monumentales y religiosos: Peucestas, sátrapa de Persia, dedicó un altar a Alejandro y a Filipo en Persépolis,[348] mientras que en Egipto, Ptolomeo instituyó un culto formal en Alejandría para situar su propia autoridad bajo la protección divina del fallecido monarca. Finalmente, su imagen fue empleada como arma arrojadiza en las luchas sucesorias. Al iniciar su guerra en 317 a. C. contra Arrideo y Casandro, Olimpia acusó a este último de haber organizado el envenenamiento de su hijo a través de su hermano Yolas; esta versión fue posteriormente difundida por el diádoco Antígono con claros fines estratégicos para socavar a sus rivales.[349]

Plutarco refiere que los primeros monarcas helenísticos se esforzaron por demostrar su afinidad con Alejandro a través de las vestiduras de púrpura, el séquito, la inclinación del cuello y el tono arrogante. Sin embargo, solo Pirro, sobrino segundo del soberano macedonio, probó dicha semejanza con las armas en la mano; de él se decía que recordaba a Alejandro tanto por su apariencia física como por la rapidez de sus movimientos, hasta el punto de que, al ver su fuerza e ímpetu en el combate, todos creían hallarse ante la sombra o la viva imagen del conquistador.[350] De igual modo, la comparación alcanzó al seléucida Antíoco III, quien obtuvo el sobrenombre de «el Grande» tras emprender una expedición hacia Oriente similar a la de su predecesor. Otros monarcas, como Filipo V y Perseo de Macedonia, o incluso el llamado Pseudo-Alejandro —líder de una sublevación antirromana en 142 a. C.—, justificaron sus pretensiones políticas basándose en un supuesto parentesco con él. Por su parte, el rey del Ponto, Mitrídates VI Eupátor, llevó esta emulación al terreno de la imagen y los objetos personales: mandó acuñar monedas donde su retrato seguía fielmente la iconografía de Alejandro y custodiaba con celo una túnica que había pertenecido al propio conquistador macedonio.[351]

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Busto de Alejandro, Egipto ptolemaico, alrededor del siglo I a. C..

Las fuentes escritas primordiales sobre Alejandro se hallaban en las efemérides y los hypomnemata, que contenían los registros del diario real y las notas del propio monarca con sus planes de campaña. Si bien los autores antiguos citaron con frecuencia la correspondencia de Alejandro con su círculo cercano y funcionarios, la mayor parte de estas epístolas se consideran falsificaciones de épocas posteriores.[352] Durante la expedición a Oriente, una gran cantidad de intelectuales documentó los hechos, destacando Cares de Mitilene, quien escribió la Historia de Alejandro en diez libros centrada en la vida privada y en una recopilación de anécdotas más que en un relato cronológico riguroso,[353] un estilo similar al que emplearon Medo, Policleto de Larisa y Efipo de Olinto. Por otro lado, el filósofo cínico Onesícrito de Astipalea, que viajó con el Estado Mayor hasta la India, describió detalladamente la región prestando especial atención a su flora, fauna y costumbres; pese a la abundancia de fábulas, sus datos sirvieron como fuente principal para los geógrafos antiguos que describían la zona.[354] Finalmente, también dejó memorias sobre la guerra Nearco, quien estuvo al mando de la flota durante el regreso desde territorio indio.[355]

El rey contaba con un historiador oficial en su Estado Mayor, Calístenes, cuyas Hazañas de Alejandro fueron concebidas como una apología del monarca ante el público griego y, por consiguiente, poseían un carácter marcadamente apologético. Ya en la Antigüedad, Calístenes fue criticado por su parcialidad y por la distorsión de los hechos;[353] además, debido a que falleció en el año 327 a. C., su obra quedó inconclusa y sus últimos registros detallados describen la batalla de Gaugamela.[356] Muchos años después de la muerte del rey, Ptolomeo, convertido ya en gobernante de Egipto, sistematizó sus propias memorias y se convirtió, en gran medida, en el artífice de la imagen de Alejandro como un genio militar. Se asume que, al ser un militar experimentado, aportó en su obra numerosos detalles precisos relacionados con las operaciones bélicas. Tampoco redactó de forma inmediata su historia de las campañas Aristóbulo, un ingeniero que formó parte de las tropas y que dedicó gran atención a la descripción geográfica y etnográfica de las tierras conquistadas. A pesar de haber comenzado su trabajo a la edad de 84 años, registró con exactitud distancias, sumas monetarias, así como los días y meses de los acontecimientos.[357] Aunque las obras de Aristóbulo y Ptolomeo proporcionaron un riquísimo material fáctico a los historiadores de épocas posteriores,[358] lamentablemente no se han conservado hasta nuestros días, al igual que otros textos sobre Alejandro escritos por sus contemporáneos, con la única excepción de unos pocos fragmentos.[359]

También se ha perdido casi por completo la obra de Clitarco, un contemporáneo más joven del monarca que, aunque probablemente no participó en la expedición a Oriente, intentó compilar los datos obtenidos de testigos presenciales y de los trabajos publicados hasta ese momento.[360] Su tratado, titulado Sobre Alejandro, constaba de al menos doce libros y poseía un estilo cercano a la novela heroica, lo que le permitió gozar de gran popularidad en la Antigüedad a pesar de las críticas que recibió por parte de otros historiadores debido a su enfoque.[361]

Todos estos autores valoraron de forma positiva tanto la actividad como la personalidad del monarca macedonio, siendo los peripatéticos —seguidores de Aristóteles— sus primeros críticos, motivados en parte por el hecho de que su sobrino Calístenes había sido víctima de Alejandro. A partir de Teofrasto y su obra Calístenes o Sobre el duelo, esta escuela forjó la imagen de un soberano que, pese a su educación helénica bajo la tutela del gran filósofo, acabó transformándose en un déspota oriental debido a sus éxitos militares, los cuales atribuían exclusivamente a la fortuna.[362] Vinculados a esta corriente, existen relatos de fuentes tardías que sugieren que el propio Aristóteles estuvo implicado en el envenenamiento de su antiguo pupilo. En contraste, los cínicos celebraron el cosmopolitismo de Alejandro, viendo en él la figura de un filósofo en el trono y destacando, junto a los estoicos, sus elevadas aspiraciones, valor y magnanimidad; mientras tanto, los retores helenísticos mantenían intensos debates sobre si sus logros eran fruto de sus propias «virtudes» o de la suerte.[363]

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Busto romano de Pompeyo el Grande, realizado durante el reinado de Augusto, copia del busto original de los años 70-60 a. C., Museo Arqueológico Nacional de Venecia, Italia.

Los romanos también sintieron un profundo interés por la figura de Alejandro ya que, a diferencia de los griegos, no habían sido derrotados por él y no encontraban obstáculos para admirar la magnitud de sus hazañas. Fue en una de las comedias de Plauto donde Alejandro fue llamado por primera vez «el Grande», un apelativo que apareció dos siglos antes que en las fuentes griegas y que se encuentra posteriormente en las obras de Cornelio Nepote y Marco Tulio Cicerón. Esta admiración llevó a figuras como Publio Cornelio Escipión el Africano a imitarlo, mientras que el analista Cayo Acilio Glabrión relató que el propio Aníbal calificó al rey macedonio como el más grande de todos los generales durante su encuentro con Escipión. Del mismo modo, los retratos de Cneo Pompeyo, quien recibió el sobrenombre de «el Grande» tras sus precoces victorias, fueron claramente estilizados siguiendo la iconografía del soberano macedonio, lo que llevó a Plutarco a afirmar que ambos guardaban un parecido físico.[364] Como culminación de este vínculo simbólico, durante su tercer triunfo, Pompeyo vistió la túnica de Alejandro que previamente se custodiaba en el tesoro de Mitrídates.[365][366]

Cayo Julio César veía en el soberano macedonio un modelo a seguir, tal como ilustra un célebre episodio narrado por Plutarco:[367]

...mientras leía en sus ratos de ocio algún pasaje sobre las hazañas de Alejandro, César se sumió durante largo tiempo en sus reflexiones y terminó incluso por derramar lágrimas. Cuando sus sorprendidos amigos le preguntaron el motivo, él respondió: «¿Acaso no os parece motivo suficiente de tristeza que, a mi edad, Alejandro reinara ya sobre tantos pueblos, mientras que yo todavía no he realizado nada memorable?».
Plutarco. Alejandro, 11.[368]

Los autores antiguos relatan cómo Julio César se reprochó su inactividad al contemplar una estatua de Alejandro en Gades,[369] un episodio que, según Suetonio, impulsó a Cayo Julio a acelerar su carrera política.[370] Además de visitar la tumba del monarca en Alejandría,[371] César mostró clemencia hacia los habitantes de Ilión imitando al macedonio, de quien era un ferviente admirador.[372] Tras vencer en la guerra civil, ordenó erigir en el foro de Julio, en Roma, una estatua ecuestre de Alejandro realizada por Lisipo; del mismo modo, su proyectada campaña contra los partos, que no llegó a realizarse debido al éxito de los conspiradores, fue concebida a imitación de la expedición de Alejandro. Posteriormente, Marco Antonio utilizó activamente la imagen del rey macedonio para legitimar su dominio sobre Oriente, llegando incluso a bautizar a uno de sus hijos con el nombre de Alejandro.[373]

En la literatura de la época del Principado, la figura de Alejandro recibió valoraciones contradictorias, vinculadas en gran medida a la influencia de los peripatéticos.[362] Tito Livio, por ejemplo, calificó su éxito como «la grandeza de un solo hombre a quien la fortuna acompañó poco más de diez años» y evocó las «terribles ejecuciones, los asesinatos de amigos en banquetes» y su «vanidosa mentira sobre su origen»;[374] incluso dedicó tres capítulos a argumentar que los romanos habrían derrotado inevitablemente a Alejandro si este los hubiera atacado.[375] Por el contrario, para Valerio Máximo, Alejandro fue tan grande en el arte de la guerra como lo fue Sócrates en la filosofía. Sin embargo, los defensores de la República utilizaron su imagen para criticar el poder absoluto: Lucio Anneo Séneca escribió sobre su crueldad y ambición desmedida, tildó sus campañas de actos de pillaje y lo definió como un hombre desdichado empujado por sus propias pasiones hacia tierras desconocidas,[376] afirmando que no comprendía «cuán pequeña es la tierra, de la cual solo había capturado una parte insignificante».[377] Esta comparación del rey con un pirata y de su imperio con una banda de ladrones pasó de Séneca a los escritos de Lactancio y San Agustín.[378] En una línea similar, Marco Anneo Lucano, en su poema Farsalia, llamó a Alejandro loco, «estrella funesta para los pueblos» y «afortunado depredador», a quien la muerte se llevó prematuramente para vengar a un mundo anegado en sangre.[379]

En los siglos posteriores, la figura de Alejandro motivó brotes regulares de interés vinculados a diversos emperadores romanos. Mientras que los Julio-Claudios mostraron escasa atención por este tema, para Trajano, Alejandro no fue solo un modelo a seguir, sino un competidor al que se podía y debía superar. Durante su campaña parta, Trajano se propuso alcanzar la India, empleando para ello la experiencia de Alejandro al establecer vínculos con las comunidades subordinadas y fundar nuevas ciudades; se tiene constancia de que, en el año 116 d. C., el emperador visitó en Babilonia los aposentos donde murió el monarca macedonio. Esta actividad de Trajano impulsó un singular renacimiento del tema alejandrino en la literatura antigua del siglo II d. C., periodo en el que Plutarco redactó la biografía del soberano y Arriano compuso su célebre obra titulada Anábasis de Alejandro.[380]

Bajo el mandato de Caracalla, quien gobernó entre los años 211 y 217, la admiración por Alejandro derivó en una suerte de obsesión; este emperador comunicó al Senado en una epístola que Alejandro había reencarnado en él para iniciar una nueva vida. Movido por este fervor, organizó un ejército siguiendo el modelo macedonio con el fin de emular la expedición a Oriente e incluso llegó a plantearse la quema de las obras de los seguidores de Aristóteles, convencido de que el filósofo había estado implicado en el envenenamiento del rey. Caracalla, que se hacía llamar «Nuevo Dioniso» y «el Grande», no fue el único en buscar este vínculo, ya que Jotapiano, uno de los emperadores de la anarquía militar en 249 d. C., pretendía descender del propio Alejandro. Finalmente, Juliano el Apóstata, al retomar la idea de la campaña contra los persas, profesaba una profunda admiración por el soberano macedonio y lo tomaba como ejemplo constante en diversas situaciones.[381]

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Estatua de Alejandro en el Museo Arqueológico de Estambul.

Se han conservado cinco textos de la Antigüedad que exponen la biografía de Alejandro, siendo el más temprano de ellos la Biblioteca histórica de Diodoro Sículo, del siglo I a. C., quien se basó primordialmente en la obra de Clitarco.[382] En sus escritos, Diodoro resalta el «entendimiento y el valor» que permitieron a Alejandro realizar «hazañas más grandes que las de todos los reyes cuya memoria nos ha transmitido la historia», logrando así una fama resonante que lo igualaba a los antiguos héroes y semidioses.[383] Por su parte, Quinto Curcio Rufo redactó en el siglo I d. C. su Historia de Alejandro Magno utilizando los trabajos de Clitarco y Megástenes, además de las memorias de varios colaboradores del monarca. Con el objetivo de crear un relato ameno, recurrió con frecuencia a la exageración y descuidó en ocasiones la veracidad histórica;[384] aunque otorga a Alejandro el apelativo de «el Grande» y lo describe como un hombre magnánimo y valiente, no duda en señalar su crueldad, su carácter vengativo y una ambición hipertrofiada, llegando a manifestar simpatía por sus enemigos en diversos pasajes.[385]

También se conserva el epítome de las Historias filípicas de Pompeyo Trogo, realizado por Justino, quien se basó en el propio Clitarco pese a exponer los acontecimientos sin un orden cronológico riguroso. En esta semblanza, Alejandro resulta ser un personaje marcadamente negativo:[386] un hombre pérfido y soberbio, capaz de suscitar un miedo y un odio universales, y responsable directo de haber impuesto el «yugo de la servidumbre» sobre numerosas naciones.[387] No obstante, el propio Trogo señala que «no hubo enemigo alguno al que Alejandro no venciera, ni ciudad que no tomara, ni pueblo que no conquistara».[388] Por otro lado, Plutarco incluyó la biografía de Alejandro en sus Vidas paralelas, emparejándola con la de Cayo Julio César en una época donde la comparación entre ambos generales ya era un tema recurrente.[389] A Plutarco no le interesaba tanto la magnitud de los hechos históricos como la personalidad del monarca, la cual consideraba que se revelaba mejor a través de los pequeños detalles;[390] por ello, reconoce en Alejandro a un guerrero excepcional y destaca de manera especial su magnanimidad, templanza y benevolencia.[391]

Los investigadores reconocen como la fuente más fidedigna la Anábasis de Alejandro, escrita por Arriano en el siglo II d. C., un historiador para quien el Imperio romano representaba el ideal político y Alejandro el precursor de sus emperadores. Arriano empleó una amplia gama de fuentes —primordialmente las memorias de Tolomeo— e intentó abordarlas con espíritu crítico; no obstante, incurrió con frecuencia en la falta de objetividad al omitir o relegar a un segundo plano numerosos hechos que mostraban a su protagonista bajo una luz desfavorable. Junto con Plutarco, se considera a Arriano uno de los principales artífices de la imagen clásica de Alejandro: aquel conquistador valiente y magnánimo que se convirtió en objeto universal de admiración e imitación.[392][393]

A la época antigua se remonta la formación del ciclo de leyendas fantásticas vinculadas a Alejandro, aunque algunos relatos individuales comenzaron a surgir ya durante su vida.[394] En su conjunto, estos conformaron una tradición de datos veraces y ficticios que en la historiografía se conoce como la «vulgata».[361] En algún momento se compuso la Historia de Alejandro Magno en lengua griega, cuya fecha de redacción definitiva es incierta y podría abarcar desde el reinado de Ptolomeo II hasta principios del siglo III d. C.[395] Esta obra posee un carácter fantástico al haber sido escrita a partir de materiales de trabajos históricos, memorias y relatos semilegendarios, contando de hecho con una variedad de fuentes incluso mayor que la de los cinco textos biográficos que han llegado hasta nosotros.[360] Dado que el autor del Romance es desconocido y en uno de los manuscritos se atribuye erróneamente a Calístenes, los estudiosos se refieren a él como el Pseudo-Calístenes.[358] Existe la opinión de que las primeras versiones del texto aparecieron en Oriente ante la necesidad imperiosa de legitimar las conquistas macedonias;[396] sin embargo, en la novela los hechos aparecen a menudo distorsionados y la cronología alterada.[358] En su forma clásica, la obra constaba de diez partes,[n. 5] aunque en versiones más tempranas es posible que los temas relativos a Grecia fueran prácticamente inexistentes.[397]

Europa occidental en la Edad Media

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La percepción medieval de Alejandro

En la Alta Edad Media de Europa occidental, la historia se reinterpreta y adquiere una nueva lógica interna, donde el pasado se vincula estrechamente con el presente hasta el punto de asemejarse a él. Bajo esta óptica, Príamo es designado como el primer rey de los francos, mientras que Alejandro Magno y Julio César son presentados como los equivalentes griegos y romanos de Carlomagno; se les describe recorriendo el mundo acompañados por los Doce Pares y derrotando a los sarracenos.

Evgeny Kostyukhin.[398]
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Página de la traducción armenia del siglo V de la Historia de Alejandro Magno. Manuscrito del siglo XIV.

Durante los mil años transcurridos entre la Antigüedad y la Edad Moderna, la información sobre Alejandro no procedió mayoritariamente de los historiadores clásicos: Quinto Curcio Rufo no comenzó a leerse hasta el siglo XII, mientras que Arriano y las Vidas paralelas de Plutarco solo se recuperaron durante el Renacimiento. El Romance de Alejandro se convirtió en la fuente principal y en uno de los libros más populares de su época; esta obra y sus derivados estaban repletos de historias fantásticas sobre el héroe viajando por el mundo, descendiendo al fondo del mar, volando por el cielo y escuchando los relatos de diversos sabios. La tradición vinculada al Romance se divide en cuatro grandes ramas: la occidental, basada en traducciones latinas, la bizantina, la cristiana oriental, que abarca las culturas armenia, siria y copta, y la musulmana. Hacia finales de la Edad Media, los relatos sobre Alejandro se habían extendido incluso a los eslavos orientales, los etíopes, los mongoles y los pueblos de Indochina.[399]

A partir del siglo XII, en la Europa católica, el Romance de Alejandro Magno sirvió de fuente para numerosas novelas de caballería; esta trama fue una de las dos más populares de la literatura de la época, junto con las leyendas del rey Arturo.[400] Hacia el año 1140, Alberico de Besanzón compuso una novela en francés antiguo, de la cual Lamprecht el Alemán realizó una adaptación al alemán titulada el Cantar de Alejandro. En estas obras se introdujeron diversas innovaciones fantásticas a la leyenda: el protagonista viste una armadura templada en sangre de dragón, su ejército alcanza el punto donde el cielo se une con la tierra y encuentra en su camino hombres de seis brazos y moscas del tamaño de palomas; finalmente, el propio Alejandro intenta imponer tributos a los ángeles en el paraíso.[401]

A finales del siglo XII, Gautier de Châtillon escribió en latín el poema Alexandreis, para el cual utilizó como fuente principal la obra de Quinto Curcio Rufo. Por su parte, Alejandro de París compuso una de las más célebres epopeyas sobre el monarca macedonio; esta obra contó con dieciséis mil versos y ejerció una enorme influencia en la poesía en lenguas vernáculas de diversos países de Europa occidental.[402] Como consecuencia, comenzaron a publicarse poemas sobre Alejandro en Inglaterra,[403] Alemania,[404] España[405] y Bohemia.[406] En el siglo XIII surgieron novelas en prosa y nuevas adaptaciones del texto que gozaron de gran popularidad. En las redacciones tardías de la Novela de Alejandro terminó por consolidarse la imagen idealizada del rey; este se presentaba como un general valeroso a la par que humano.[407] Durante mucho tiempo, este personaje constituyó el arquetipo de gobernante para la cultura europea[408] y formó parte de la lista de los nueve de la fama, donde figuraba junto a Héctor y Julio César como uno de los paganos ilustres. Las distintas versiones de la novela contienen alusiones a acontecimientos contemporáneos; por ejemplo, la Alejandreida bohemia en verso de principios del siglo XIV incluye numerosas referencias a la realidad checa y al predominio de los alemanes en Praga.[406]

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Manuscrito de la Alejandría serbia del siglo XVII. Alejandro desciende al fondo del mar en un recipiente de cristal.

Junto con las novelas sobre Alejandro, existieron otras obras que complementaron su leyenda con nuevos detalles ficticios. Así, en el siglo XIII, Henri d'Andeli compuso el Lai d' Aristote, un poema basado en la popular leyenda sobre el filósofo y Filis, la amante de Alejandro.[409]

Las menciones al monarca macedonio en la Biblia desempeñaron un papel fundamental para el desarrollo de la tradición sobre Alejandro en la Europa católica. En el Primer Libro de los Macabeos, Alejandro aparece como un conquistador moderadamente hostil hacia los judíos, cuyo sucesor, Antíoco IV Epífanes, se convertiría en un feroz perseguidor del judaísmo.[410] Por el contrario, en el Libro de Daniel —el cual, según la tradición, el propio rey habría leído—[n. 4] no se le menciona de forma explícita, pero se le integra en el plan divino para la salvación del pueblo hebreo. Daniel relata a Nabucodonosor la futura sucesión de cuatro reinos (Dan. 2:39-40); los autores cristianos, con Hipólito de Roma (siglo II) a la cabeza, identificaron el imperio de Alejandro con el tercero de ellos, aquel «de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra».[411] El cuarto reino, el «de hierro», se asoció con el Imperio romano, tras cuya caída debía instaurarse el Reino de Dios. De este modo, la actividad de Alejandro quedó integrada en el modelo cristiano de la historia universal, lo cual otorgó al conquistador un propósito providencial dentro de la narrativa bíblica.[412]

Los primeros historiadores que emplearon este modelo criticaron con dureza a Alejandro. Orosio, por ejemplo, sostuvo que las conquistas macedonias supusieron una calamidad para el mundo entero;[413] en sus escritos denunció una «multitud de atrocidades»[414] y la incapacidad del monarca para saciar su sed de sangre humana.[415] Posteriormente, bajo la influencia del Romance de Alejandro Magno, las valoraciones se tornaron más positivas: el soberano se transformó en un caballero intachable, un gobernante ejemplar y un explorador de curiosidad insaciable. Las crónicas universales, las cuales integraban el relato de Alejandro, comenzaron a incorporar detalles inverosímiles. De este modo, en la obra de Otón de Frisinga (siglo XII), el rey macedonio gobierna sobre todas las tierras hasta los confines del mundo;[400] por su parte, la Crónica Imperial (también del siglo XII) llegó a afirmar que los sajones combatieron en el bando de Alejandro.[416]

Europa oriental cristiana

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De manera paralela, el relato sobre Alejandro evolucionó en el mundo cristiano oriental a través de Bizancio, donde este desarrollo se fundamentó en diversas versiones griegas del Romance y en las aportaciones de obras como el lexicón Suda o las crónicas de Juan Zonaras y Jorge el Monje, que añadieron nuevos y pintorescos detalles. Al convertirse Bizancio en el foco de irradiación de esta tradición hacia Europa del Este, los pueblos paganos asimilaron la cultura griega al adoptar el rito oriental, lo cual permitió que las leyendas de Alejandro cobraran nueva vida en otras lenguas. El primer exponente de esta expansión fue Bulgaria entre los siglos X y XI, aunque ya en el siglo XII —o incluso en el siglo XI[417] aparecieron las primeras traducciones de textos alejandrinos en la Rus de Kiev.[418] Hacia el siglo XIV surgió la Alejandría serbia, una obra de gran trascendencia para la literatura de toda Europa oriental que se cree compuesta en Dalmacia a partir de redacciones bizantinas tardías del Romance de Alejandro.[419][420] Esta versión incorporó motivos de la Europa occidental hasta adoptar la forma de una novela de caballerías plenamente típica, en la cual se redujeron las alusiones a los textos clásicos en favor de una mayor carga cristiana.[418][421] Finalmente, a finales del siglo XV, el texto se integró en la compilación rusa de Efrosín y, tras un periodo de olvido temporal, alcanzó una amplia difusión en el Zarato ruso durante el siglo XVII.[422]

Al Gran Ducado de Lituania la novela llegó a través de traducciones de las redacciones de Europa occidental, vertidas del latín al ruteno (antiguo bielorruso), y se convirtió de inmediato en una de las obras profanas más populares del territorio. Posteriormente, junto a estas traducciones, se difundieron copias de la Alejandría serbia,[423] lo cual dio paso más tarde a compilaciones en las que ambas tradiciones se fusionaban.[424] Debido a la enorme popularidad de la obra, algunos de sus episodios terminaron por integrarse en los cuentos populares bielorrusos.[425]

El Romance de Alejandro fue traducido muy tempranamente al armenio en el siglo V y, posteriormente, se vertió al persa medio para ser trasladada a principios del siglo VII desde esta lengua al siriaco. El protagonista de la redacción siriaca se presenta como un gobernante severo que cumple la gran misión de crear un imperio universal, realizando en esta versión una campaña hacia China a través de Asia Central. Del siriaco, la obra se tradujo al copto y al árabe, lengua desde la cual se vertió al etíope entre los siglos XV y XVI; en este sentido, los investigadores señalan que la redacción etíope se asemeja más a una obra original que a una simple traducción.[426] Finalmente, la versión árabe sentó las bases de la tradición musulmana sobre la figura de Alejandro.[427]

Tradición musulmana

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Miniatura de Iskandarnameh, de Nezamí Ganyaví, siglo XVI. Walters Art Museum.

Shāhnāmé

Y Ardashir abrió ante ellos sus labios:
«¡Oh, vosotros, por vuestra ciencia insignes,
que habéis captado con el alma la esencia de las cosas!
Sé que no hay entre vosotros ni uno solo
que no haya oído las desdichas a que nos sometió
Iskandar, aquel extranjero de linaje vil.
Él hundió en las tinieblas nuestra antigua gloria
y oprimió al mundo entero con su puño violento.
<…>
Recordad a Iskandar, que aniquiló
a los más ilustres, que destruyó la flor del universo.
¿Dónde están todos ellos? ¿Dónde su brillo majestuoso?
Solo ha quedado de ellos una infame memoria.
No al paraíso floreciente, sino al gélido infierno
partieron. ¡Ni siquiera Haftvad es eterno!».

Las concepciones sobre Alejandro en la cultura musulmana se fundamentan, en gran medida, en la decimoctava sura del Corán, donde se menciona a Zu-al-Karnayn (el de los dos cuernos), personaje descrito como un hombre justo y un gran monarca que profesaba la fe en un Dios único y combatía a los paganos; en particular, se le atribuye la construcción de una muralla que protegió al mundo civilizado de las tribus de Yajuj y Majuj. Con frecuencia, este rey fue identificado con Alejandro, quien, de este modo, pasó a ser visto como un devoto y defensor del islam con un estatus cercano al de un profeta.[428] No obstante, diversos teólogos islámicos, como Ibn Taymiyya, rechazan tal identificación y argumentan que el conquistador macedonio fue un politeísta, a diferencia del monarca monoteísta descrito en el texto sagrado.[429]

Tras la conquista árabe, los persas mantuvieron una relación compleja con la figura de Alejandro. En el libro zoroástrico Ardā Wirāz Nāmag («El libro del justo Viraz»), el rey macedonio aparece como un emisario de Angra Mainyu, el señor del mal. Por otro lado, los historiadores de la corte retrataron a Alejandro como un descendiente de los Aqueménidas para legitimar la teoría de la sucesión hereditaria al trono persa;[430] esta tradición, más favorable al monarca, acabó por fusionarse gradualmente con la visión musulmana. En la gran epopeya persa Shāhnāmé, escrita hacia el año 1000, el poeta Ferdousí incluyó a Alejandro en la línea de los gobernantes de Irán y describió de forma neutral sus diálogos filosóficos con los sabios, aunque puso en boca del rey Ardacher una valoración negativa del conquistador. No obstante, en la obra el monarca se transforma bajo la influencia de sus conversaciones con sacerdotes, brahmanes y filósofos, así como por su contacto con la «ciudad floreciente».[431] A finales del siglo XII, Nezamí Ganyaví dedicó a Alejandro el poema específico Iskandarnameh, dentro de su ciclo Khamsa, donde lo representó como el gobernante persa ideal que derrotó al zoroastrismo para abrir camino a la fe verdadera.[432] Aunque la estructura de la obra guarda similitudes con la novela de caballerías europea, Nezamí desarrolla su propia línea filosófica y muestra a un Alejandro que entabla debates eruditos con sabios griegos e indios. Además, el poema incorpora un elemento utópico: durante su viaje hacia el norte, Alejandro halla una tierra donde existe una sociedad perfecta, carente de autoridad suprema, pobreza o vicios.[433][434]

Diversas leyendas sobre Alejandro circularon por todo el mundo musulmán. Uno de los relatos más populares fue la leyenda de los dos cuernos de Alejandro, los cuales el monarca ocultaba celosamente de todo el mundo; sin embargo, un barbero confió el secreto a un junco con el que se fabricó una flauta y, como resultado, el mundo entero se enteró de su existencia. La aparición de este motivo se ha vinculado con frecuencia al mito griego de Midas, aunque a mediados del siglo XX surgieron hipótesis que sitúan el origen de la leyenda en Oriente.[435] En la literatura siriaca existieron varios cuentos en los que Alejandro se presenta como un héroe popular o paladín rural que, gracias a su fuerza y valor, obtiene el mejor caballo, la mejor espada y a la joven más hermosa. Allí, el apelativo común de «el Bicorne» se explica porque Alejandro «sujetó a su cabeza dos espadas a modo de cuernos y con ellas hería a sus enemigos».[436] Por otro lado, en el folclore georgiano y tayiko, el nombre de Alejandro se asocia con la abolición de la antigua costumbre del gerontocidio, es decir, el asesinato de los ancianos al alcanzar una edad determinada.[437] Por su parte, en el folclore azerbaiyano, Alejandro prende fuego al mar para obligar al rey de las aguas a pagarle un tributo consistente en dones milagrosos.[438]

En la literatura turca, el poeta de la corte Ahmedi fue el primero en emplear el ciclo de Alejandro en su obra Iskendername de principios del siglo XV. Su poema fue tanto una imitación de la obra homónima de Nezamí[439] como una respuesta directa a la misma.[440] En términos generales, los elementos fantásticos y de aventura son mucho más acentuados en Ahmedi que en Nezamí o Ferdousí; además, el autor se encontraba bajo la influencia del sufismo, lo cual dejó una clara impronta en el contenido espiritual del poema. Existió también una versión en prosa de la Iskandername, creada por Hamzeví, hermano de Ahmedi; esta obra presentaba un lenguaje y un contenido más accesibles para un público más amplio.[440]

El poeta turcomano del siglo XV de Asia Central Ali-Shir Nava'i, en su obra El muro de Alejandro, describió su ideal de organización estatal sobre un trasfondo de relatos fantásticos acerca de la vida del monarca. En este poema, el autor integra leyendas como la búsqueda del agua de la vida o la construcción de la muralla para protegerse de los bárbaros, entre otros episodios que sirven para articular su visión política y social.[441]

Edad Moderna

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Fresco que representa a Alejandro rodeado de filósofos de la Antigua Grecia. Nave de la iglesia de los Siete Apóstoles de la Iglesia ortodoxa de Jerusalén en Cafarnaúm, Israel.

Durante el Renacimiento, la percepción de Alejandro en el seno de la cultura europea experimentó una transformación sustancial, marcada por la coexistencia de la tradición popular y el rigor humanista. Si bien las diversas versiones del Romance de Alejandro conservaron su enorme popularidad entre el pueblo, simultáneamente aparecieron las primeras ediciones de Arriano y Plutarco tras un paréntesis de mil años. Como consecuencia de este redescubrimiento, las nociones sobre el monarca macedonio entre los sectores más cultos de la sociedad se aproximaron mucho más a los hechos históricos que en épocas precedentes, permitiendo así el nacimiento de la literatura académica sobre la materia. No obstante, la biografía de Alejandro también proporcionó material para numerosas obras de teatro de los siglos XVI y XVII, cuya trama se centraba principalmente en las relaciones entre el protagonista y las diversas mujeres de su entorno. En estas piezas, el rey es retratado como un amante galante y un caballero intachable que, por lo general, sacrifica sus propios sentimientos en un acto de generosidad por la felicidad ajena.[442]

Uno de los primeros dramaturgos en recurrir a este material fue Hans Sachs, quien en 1558 compuso una tragedia en siete actos que abarcaba la vida completa del monarca.[443] Poco después, John Lyly, exponente de la «era isabelina», escribió en 1584 la tragedia Alejandro y Campaspe basándose en un relato de Plinio el Viejo;[444] en ella, Alejandro se enamora de la tebana Campaspe, pero intercede para asegurar su felicidad al descubrir el amor que el pintor Apeles siente por ella. En la Francia del siglo XVII se escribieron y representaron las tragedias La muerte de Alejandro de Alexandre Hardy[445] y Alejandro Magno (1665) de Jean Racine. El éxito de la pieza de Racine se vio favorecido por la benevolencia de Luis XIV, quien tras asistir a la función encontró en el Alejandro teatral no pocas similitudes con su propia persona.[446] Gran popularidad alcanzó también la novela heroico-galante en doce volúmenes Cassandre (1642-1645), de Gautier de Costes de La Calprenède,[447][448] centrada en la rivalidad entre las dos esposas del soberano, Roxana y Estatira. Esta misma línea argumental sirvió de base para Las reinas rivales, o La muerte de Alejandro Magno (1677), obra de Nathaniel Lee, uno de los dramaturgos más destacados de la Restauración inglesa. Finalmente, en España, la figura del conquistador fue tratada por autores de la talla de Lope de Vega (entre 1604 y 1608) y Calderón de la Barca (1657).[449]

Con el fortalecimiento del absolutismo en Europa y la difusión del conocimiento histórico, los allegados a los monarcas compararon con frecuencia a sus soberanos con los grandes gobernantes de la Antigüedad; así, los poetas y pintores de la corte de Luis XIV lo representaron a menudo bajo la imagen de Alejandro.[450] De forma similar, a Pedro I el Grande se le atribuye una frase pronunciada durante la gran guerra del Norte en la que afirmaba: «Mi hermano Carlos se cree Alejandro, pero no encontrará en mí a un Darío». En 1765, Voltaire comparó a Catalina II con la reina de las amazonas en alusión al legendario encuentro de Alejandro con dicha soberana, aunque según la lógica del filósofo, «Catalina es tan grande que los papeles deberían invertirse: el propio Alejandro Magno tendría que haber buscado el favor de esta».[451]

A pesar de todo lo anterior, la literatura del siglo XVIII empleó con menor frecuencia el material clásico en general y la figura del monarca macedonio en particular, desplazando a Alejandro de forma habitual hacia el ámbito exclusivo de la ópera. Entre los libretistas que le dedicaron su atención destaca Pietro Metastasio (1729), mientras que en el terreno de la composición sobresale Georg Friedrich Händel con su ópera Poro, Rè dell'Indie (1731). Paralelamente, los intelectuales de la Ilustración analizaron de forma crítica tanto la personalidad como la obra de Alejandro; Charles de Montesquieu fue el primero en señalar los aspectos económicos de sus conquistas, mientras que Voltaire, aun reconociendo su grandeza como militar y estadista, subrayó sus graves defectos. Por su parte, Guillaume de Sainte-Croix caracterizó al rey macedonio directamente como un tirano sanguinario y cuestionó la idoneidad de presentarlo como un modelo para los monarcas europeos.[452] En este periodo, Alejandro rara vez aparecía como un personaje literario positivo, siendo una de las excepciones el poema de Friedrich Hölderlin, Discurso de Alejandro ante sus soldados en Issos (1785), que constituyó un emotivo alegato contra la tiranía.[443]

En el siglo XIX, Alejandro protagonizó apenas unas pocas obras de prosa y poesía, todas ellas de un interés que ha quedado limitado exclusivamente a los historiadores de la literatura.[452]

En la historiografía

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Los intentos por investigar la actividad de Alejandro se remontan al Renacimiento, periodo en el que se recuperó el corpus principal de los textos clásicos; no obstante, su estudio sistemático no comenzó hasta el siglo XIX con el surgimiento de las escuelas científicas de historia. En aquel entonces, muchos académicos instrumentalizaron la figura del macedonio para abordar problemas políticos contemporáneos, y destacados especialistas como Barthold Niebuhr, Ernst Curtius y George Grote mantuvieron una postura profundamente crítica hacia su persona.[453] Una visión distinta sostuvo Georg Hegel, quien incluyó a Alejandro entre sus «individuos de importancia histórica universal».[454] La tendencia historiográfica dio un giro gracias a Johann Gustav Droysen, seguidor de Hegel, quien en su Historia del helenismo (cuyo primer volumen, dedicado a Alejandro, se publicó en 1833) estableció paralelismos entre la Macedonia antigua que unificó Grecia y el Reino de Prusia como potencial unificador de Alemania.[452] Droysen rebatió la opinión imperante desde el Renacimiento de que la era de Alejandro supuso la frontera entre el apogeo del mundo clásico y su posterior declive. Para este historiador, la conquista de Persia marcó el inicio de una síntesis entre las culturas oriental y occidental que preparó el terreno para el surgimiento del cristianismo; así, en su obra, Alejandro —el «joven héroe creador de un nuevo mundo»— se presenta como la antítesis de Demóstenes y su «estrecho odio patriótico».[455]

Posteriormente, Alejandro fue idealizado con frecuencia desde posturas de un marcado eurocentrismo. Jacob Burckhardt, autor de la Historia de la cultura griega, veía en el monarca al portador de una misión trascendental: la difusión de la civilización helena entre los «bárbaros» de Oriente;[456] por su parte, Pierre Jouguet valoraba las conquistas alejandrinas bajo la concepción del «imperialismo beneficioso», presentándolas como un fenómeno incuestionablemente progresista.[457] Posiciones similares defendieron autores como John Mahaffy[458] y Georges Radet, entre otros.[459] Para Arnold Toynbee, Alejandro fue el genio que, por cuenta propia, engendró el mundo helenístico.[460] Mijaíl Rostóvtsev[461] y otros representantes de la historiografía anglo-estadounidense llegaron a considerarlo incluso un precursor de la «hermandad entre los pueblos».[460] Tales visiones perduraron en el tiempo: de hecho, en la historiografía griega del siglo XX, Alejandro ha sido retratado generalmente como el exponente de una cultura superior y el adalid de la civilización occidental en su eterno conflicto con Oriente.[462] Asimismo, el historiador militar estadounidense Theodore Dodge dedicó una obra específica al arte bélico de Alejandro, con el propósito de extraer lecciones de sus campañas aplicables a la época contemporánea.[463]

Los estudiosos alemanes dedicaron una atención especial a la figura de Alejandro Magno y realizaron la contribución más significativa a la tradición apologética.[464] Entre las décadas de 1920 y 1940, numerosos investigadores germanos abordaron esta materia bajo los postulados del nacionalsocialismo. En este grupo destacan Helmut Berve —quien en 1926 publicó su obra fundamental El imperio de Alejandro, basada en un análisis prosopográfico— y Fritz Schachermeyr.[465] Tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, ambos autores se distanciaron de sus planteamientos previos. Schachermeyr elaboró una trilogía académica en la que analizó de manera crítica la gestión de Alejandro. Desde su perspectiva, el monarca fue un hombre cruel y fanático que sucumbía con frecuencia a su pasión destructora, lo cual truncó la tendencia de acercamiento entre Macedonia y Grecia que Filipo II había perfilado. Según la tesis de Schachermeyr, Alejandro y su padre encarnaron modelos opuestos de figuras históricas: el «desenfrenado» y el «racional», respectivamente.[466]

Durante la segunda mitad del siglo XX, emergieron diversas investigaciones de gran relevancia que sometieron a un análisis crítico la labor de Alejandro. Los historiadores británicos Robert David Milns y Peter Green lo caracterizaron como un estadista cuyos actos obedecían exclusivamente al cálculo frío y pragmático.[460] Por otro lado, la monografía de Pierre Briant centra su atención en la compleja oposición, tanto interna como externa, que el monarca debió afrontar durante su reinado.[459] En el ámbito de los estudios temáticos, sobresale la obra en dos volúmenes de Alfred Bellinger acerca de la acuñación de moneda en Macedonia, la cual incorpora un examen detallado de la política económica impulsada por Alejandro.[467]

Dentro de la historiografía soviética, el estudio de Alejandro Magno contó con las aportaciones fundamentales de Serguéi Kovaliov, quien dedicó al monarca una monografía en 1937.[468] Asimismo, destaca la labor de Arkadi Shofman, autor de la extensa Historia de la antigua Macedonia —obra en dos volúmenes publicada entre 1960 y 1963— y del tratado específico La política oriental de Alejandro Magno, aparecido en 1976, además de diversos artículos especializados. Por su parte, Gennady Koshelenko examinó este periodo en su obra La polis griega en el Oriente helenístico (1979), junto con diversos estudios breves que complementan su producción académica.[469]

En las artes plásticas

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Antigüedad

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Retrato juvenil de Alejandro atribuido a Leocares o a Lisipo, Museo de la Acrópolis de Atenas.

De la época antigua se conserva una gran cantidad de representaciones de Alejandro. Aunque algunas fueron creadas en vida del monarca, los investigadores se muestran escépticos ante la posibilidad de juzgar a través de ellas su apariencia real, ya que la identificación del sujeto no siempre resulta indiscutible. Además, es casi seguro que los artistas recurrieron a la idealización, plasmando rasgos que consideraban típicos de los grandes soberanos en lugar de sus facciones individuales.[470]

Las fuentes clásicas identifican a tres artistas que gozaron del privilegio exclusivo de retratar a Alejandro: el pintor Apeles, el escultor Lisipo y el grabador de gemas Pirgoteles. Según los testimonios de Plutarco y Arriano, Lisipo esculpió una extensa serie de estatuas del monarca. Una de estas piezas fue erigida hacia el año 334 a. C. en la ciudad macedonia de Díon; otra, integrada en un conjunto escultórico que representaba una cacería de leones protagonizada por Alejandro y Crátero, se instaló en Delfos en torno a 321 a. C. En la actualidad, se conservan diversos bustos de mármol que se consideran copias romanas de originales griegos, entre los cuales destaca la conocida «Herma de Azara». Asimismo, la figura de Alejandro aparece representada en el sarcófago de Sidón, manufacturado hacia el año 325 a. C. y vinculado probablemente al soberano local Abdalónimo. En uno de los flancos de este monumento se plasma una cacería real, mientras que el opuesto exhibe una escena bélica, si bien no se ha determinado con certeza si la intención del autor fue recrear un combate específico.[471]

De la producción pictórica de la Antigüedad dedicada a esta temática, únicamente han perdurado dos testimonios. El primero, datado hacia el año 330 a. C., consiste en la representación de una cacería real hallada en una tumba de la ciudad de Vergina. El segundo ejemplar es el célebre «mosaico de Alejandro», descubierto en Pompeya. Esta obra ilustra un enfrentamiento bélico entre macedonios y persas en el que Alejandro, montado a caballo y desprovisto de casco, atraviesa a un adversario con su lanza mientras fija la mirada en Darío, quien se dispone a emprender la huida.[472]

Edad Media

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Para los artistas medievales, el interés primordial no radicaba en los episodios de la biografía histórica del monarca, sino en los relatos legendarios desarrollados en el Romance de Alejandro. En estas representaciones, el protagonista aparecía invariablemente caracterizado como un contemporáneo del autor, ataviado con los ropajes y las armaduras propios de la época. Entre los temas de mayor popularidad sobresalía el vuelo de Alejandro con dos grifos, motivo que se convirtió en un elemento recurrente de la estatuaria, como demuestran los relieves de la basílica de San Marcos en Venecia (finales del siglo XI) y de las iglesias románicas de Basilea y Friburgo (siglo XII). Este mismo episodio, junto con la narración de su descenso al fondo del mar y ciertos pasajes históricos, conformó el eje temático de dos tapices tejidos en la corte de Borgoña hacia 1460.[473]

Asimismo, la tradición de los «nueve de la fama» (o «nueve valerosos») ejerció una influencia notable en la iconografía de Alejandro, especialmente en las regiones al norte de los Alpes. Las esculturas de estos personajes ilustres, entre los que figuraba el rey macedonio, se integraron en la década de 1330 en el ayuntamiento de Colonia y, a finales del siglo XIV, en la plaza del mercado de Núremberg. En 1457, este motivo se trasladó a las pinturas murales del gremio de tejedores de Augsburgo. Por esa misma época, se compuso un códice ricamente iluminado con la traducción al francés de la obra de Quinto Curcio Rufo, destinado al duque de Borgoña, Felipe el Bueno.[474]

Edad Moderna y Edad Contemporánea

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A partir del siglo XV, el interés por la figura histórica de Alejandro experimentó un notable auge en la sociedad europea. No obstante, en aquel periodo se desconocía la apariencia real del monarca macedonio, dado que el mosaico de Pompeya, el relieve de Sidón y los bustos auténticos no se descubrirían hasta mucho después; por consiguiente, diversas estatuas y relieves de la Antigüedad fueron identificados erróneamente como su efigie. En las creaciones de los artistas de la Edad Moderna temprana, Alejandro carecía de rasgos individuales definidos. Un ejemplo elocuente se halla en la tabla de Albrecht Altdorfer, La batalla de Alejandro en Issos (1529), donde el rostro del protagonista resulta invisible: la composición apenas permite distinguir la figura de un jinete que, lanza en ristre, persigue el carro de Darío entre una ingente multitud de soldados.[475]

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Alejandro y Timoclea (Domenichino, hacia 1615).

Durante los siglos XVI y XVII, fue habitual la creación de extensos ciclos pictóricos que abordaban las etapas fundamentales de la biografía de Alejandro. El ejemplo más representativo fue la serie de Charles Le Brun, realizada entre las décadas de 1660 y 1670 por encargo de Luis XIV. En diversos casos, se requería que el pintor ilustrara paralelismos específicos entre el destino de Alejandro y el del propio mecenas. Por ejemplo, el papa Paulo III, antes de su elección, llevaba el nombre de Alessandro y, ya como cabeza de la Iglesia, aspiraba a consolidar una coalición antiturca; en consecuencia, durante la década de 1540, Perin del Vaga decoró para él el Castillo de Sant'Angelo con pinturas murales que representaban las victorias del monarca macedonio sobre los persas, destinados a simbolizar a los otomanos.[408] En la Villa Farnesina, con motivo del matrimonio de su propietario, Agostino Chigi, el artista El Sodoma decoró el dormitorio con un fresco de la boda de Alejandro y Roxana (década de 1510). Asimismo, Francesco Primaticcio, por encargo de Francisco I, representó a Alejandro junto a sus amantes (Roxana, Timoclea, Talestris y Campaspe) en los muros de las estancias de la favorita real, Ana de Pisseleu, en Fontainebleau.[476]

El motivo predilecto en este periodo fue el encuentro entre «Alejandro y las hijas de Darío». Los artistas plasmaron el momento en que el monarca, tras la batalla de Issos, se halla ante la familia de su enemigo, ocasión en la que, según los cronistas de la Antigüedad, hizo gala de su magnanimidad. Por su carácter monumental, destacan entre las obras dedicadas a este pasaje los lienzos de Paolo Veronese (1565-1570) y de Charles Le Brun (1660/61). En 1779, David retomó la temática con el propósito de intensificar el dramatismo: en su interpretación, el encuentro con las princesas ocurre mientras Alejandro yace en su lecho de muerte. Asimismo, gozaron de gran popularidad los episodios del encuentro entre Alejandro y Diógenes —concebidos como reflexiones sobre la relación entre el gobernante y el súbdito— y el de Apeles, a quien el rey cedió su propia amante. Este último tema despertó un interés especial entre los pintores, pues les brindaba la oportunidad de meditar acerca de la naturaleza del arte cortesano.[477]

A lo largo del siglo XIX, se manifestó un progresivo distanciamiento entre la expresión artística y el mundo de la Antigüedad. En este contexto, la biografía de Alejandro Magno dejó de percibirse como una colección de ejemplos moralizantes para transformarse, exclusivamente, en una fuente de materiales para la pintura de género histórico. Dicha ruptura se tornó especialmente evidente con la transición hacia el realismo, tendencia que Carl von Piloty plasmó de manera paradigmática en su lienzo La muerte de Alejandro en Babilonia (1885). Durante los siglos XX y XXI, las artes visuales han recurrido a la imagen de Alejandro de forma solo esporádica. Estas manifestaciones contemporáneas suelen vincularse a expresiones de patriotismo local —como testimonian los monumentos erigidos en Tesalónica (1974) y Skopie (2011), capitales de las dos regiones actuales que portan el nombre de Macedonia— o bien responden a intereses de índole puramente comercial, tal como se advierte en la obra de Andy Warhol. [478]

En la cultura y la política de los siglos XX y XXI

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Estatua de Alejandro Magno en Skopie, Macedonia del Norte.

En el siglo XX, la figura de Alejandro recuperó una notable relevancia en el ámbito de la literatura de ficción.[465] En 1905, vio la luz la novela de Jakob Wassermann Alejandro en Babilonia.[454] No obstante, tras la Primera Guerra Mundial, numerosos escritores adoptaron una postura crítica frente a la idea misma de la conquista, tendencia que halló su expresión más lúcida en la producción de Bertolt Brecht. En diversos poemas escritos durante las décadas de 1920 y 1930, Brecht censuró la ambición de Alejandro por alcanzar la hegemonía mundial y denunció la asimilación de los méritos de todo un ejército en la figura de un solo hombre. Asimismo, en su obra de radioteatro El juicio de Lúculo (1940-1941), el autor sostiene que, en el reino de los cielos, la gloria terrenal de Alejandro carece de valor alguno.[479]

Klaus Mann empleó la figura de Alejandro para trazar paralelismos artísticos con el antifascismo en su obra Alejandro. Novela de una utopía (1929). En contraste, la cúpula del Tercer Reich apeló a su imagen durante la ejecución de los planes de conquista en el Este durante la Segunda Guerra Mundial; para ello, no supuso un impedimento el hecho de que Adolf Hitler mantuviera una postura notablemente crítica hacia Alejandro, al considerar a Pericles como su principal modelo a seguir. En la Alemania nazi se compusieron diversas obras literarias de envergadura consagradas al monarca macedonio, cuyos autores fueron Zdenko von Kraft, Paul Gurk y Hans Baumann. Como consecuencia de este uso ideológico, tras 1945, la percepción académica y literaria hacia el soberano macedonio se tornó considerablemente más crítica.[480]

En 1909, el escritor y poeta ruso de la Edad de Plata, Mijaíl Kuzmín, publicó la novela pseudohistórica Las hazañas de Alejandro Magno. En esta obra, el autor emula el estilo de las crónicas medievales y de las Alejandrias de la antigua Rusia, fusionando con destreza los mitos que rodean al célebre estratega con los hechos históricos documentados.[481]

En la década de 1930, el escritor soviético Vasili Yan compuso la novela Luces en los túmulos, dedicada a las campañas de Alejandro en Asia Central. Con un espíritu característico de su época, el autor describió la lucha de clases y el movimiento de liberación nacional de la población de Sogdiana; Alejandro, por su parte, aparece retratado en esta obra como una personalidad compleja.[482] Por otro lado, la escritora inglesa Aubrey Menen utilizó la figura del monarca para establecer una comparación humorística entre el Imperio macedonio y el dominio británico en la India.[465] Desde la segunda mitad del XX, se ha identificado con frecuencia en Alejandro a un precursor de la globalización y del anticolonialismo. En la biografía novelada Alejandro Magno o el sueño de un dios, de Maurice Druon, la integración de elementos del psicoanálisis y el misticismo permite que la obra destaque entre otras semblanzas populares del general. Finalmente, el historiador Arnold Toynbee describió un futuro hipotético para el Imperio macedonio bajo el supuesto de que Alejandro hubiera prolongado su vida treinta y seis años más.[483]

Alejandro protagoniza el poema de Lev Oshanin El agua de la inmortalidad, así como diversas obras narrativas de gran difusión. Entre estas destacan las novelas de Iván Yefrémov (Tais de Atenas), de Olga Erler (Alejandro Magno y Tais. La fidelidad de la bella hetera y Ptolomeo y Tais. Historia de otro amor), de David Gemmell (León de Macedonia y Príncipe de las tinieblas, 1990-1991) y de Yavdat Ilyásov (Sogdiana). Asimismo, cabe mencionar la trilogía de Valerio Massimo Manfredi (El hijo del sueño, Las arenas de Amón y El confín del mundo) y los relatos de Liubov Voronkova (Hijo de Zeus y En las profundidades de los siglos). En tiempos recientes, la figura del soberano macedonio ha sido incorporada con frecuencia por autores de los géneros de fantasía y de narrativa de temática homosexual (Gay Novel). En este último ámbito, las obras de Mary RenaultFuego del paraíso, El muchacho persa y Juegos funerarios— se han consolidado como referentes estilísticos fundamentales.[465]

La temática de la homosexualidad ocupa un lugar prominente en el largometraje Alejandro Magno, dirigido por Oliver Stone (EE. UU., 2004)[465] y protagonizado por Colin Farrell. Esta cinta no constituye un filme biográfico en sentido estricto, pues los guionistas omitieron numerosos hitos fundamentales en la vida del estratega, lo que provoca que muchas de sus acciones resulten irracionales ante los ojos del espectador. En términos generales, la película recrea el mito heroico del monarca macedonio con un énfasis especial en sus conquistas. El enfoque en el complejo de Edipo del rey y su aversión a las mujeres se concibió, probablemente, para aproximar la figura de Alejandro al público contemporáneo mediante el empleo de conocidos motivos freudianos.[484] Existen, asimismo, otras producciones cinematográficas consagradas a su figura. Entre ellas destacan el péplum de Hollywood Alejandro Magno (EE. UU., 1956), con Richard Burton en el papel principal; un telefilme de 1968, de producción estadounidense, que ocupa el puesto treinta y cuatro en la lista de las cincuenta peores películas de la revista TV Guide; y la fantasmagoría de Theo Angelopoulos (1980), la cual traslada el mito a los acontecimientos del siglo XX.

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Estatua de Alejandro Magno en Salónica, Grecia.

En el mundo contemporáneo, dos Estados se disputan la condición de herederos del antiguo Reino de Macedonia: la nación de habla eslava, Macedonia del Norte, y Grecia, en cuyo territorio se sitúa el núcleo geográfico de la antigua Macedonia con sus capitales y Pela, la cuna del estratega. Inmediatamente después de su formación en 1991, el primero de estos países comenzó a forjar un culto en torno a la figura del soberano, lo que se tradujo en el nomenclátor de sus ciudades y en la erección de diversos monumentos. En diciembre de 2006, el aeropuerto de Skopie recibió el nombre del monarca (Aerodrom Skopje «Aleksandar Veliki») y, en 2011, se instaló en el centro de la capital una estatua ecuestre de doce metros de altura que representaba a Alejandro; no obstante, con el fin de evitar una escalada en los conflictos político-históricos con Grecia, la obra fue bautizada oficialmente como Guerrero a caballo.[485] La sociedad griega considera tales acciones por parte de sus vecinos septentrionales como una provocación y sostiene que la Macedonia antigua constituye una parte integrante de su propia tradición cultural.[486] A principios de 2018, el gobierno de la República de Macedonia cedió por primera vez: como parte de la resolución de la disputa sobre el nombre del Estado, aceptó renombrar tanto el aeropuerto como la autopista que rendían honor a Alejandro.[487]

Animación

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Alejandro ha sido protagonista de diversas producciones de animación:

  • Alexander Senki (Japón, 1999): serie de anime basada en las novelas ligeras (ranobe) de Hiroshi Aramata.[488]
  • Alexander: The Movie (Japón, 2000): largometraje que compila los primeros cuatro episodios de la serie original.
  • Alejandro the Great (Italia, 2006): película de animación por computadora.[489]
  • Fate/Zero (Japón, 2011): serie de anime producida por el estudio Ufotable a partir de las novelas ligeras de Gen Urobuchi. En ella, Alejandro (bajo el nombre de Iskandar) aparece como uno de los personajes centrales (un sirviente de clase Rider) y se le presenta como un líder carismático fiel a sus propios ideales de tiranía.[490] Por su papel en esta obra, Iskandar fue galardonado por la revista Newtype como el mejor personaje masculino de anime del año 2012.[491]

Videojuegos

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Alejandro ha aparecido como personaje en varios videojuegos:

Véase también

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Notas

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  1. La trama del cuadro se basa en el episodio en el que el médico griego Filipo, en Siria, salvó la vida de Alejandro Magno haciéndole beber un medicamento peligroso, a pesar de que Alejandro tenía una carta en la que se afirmaba que Filipo había sido sobornado por los persas.
  2. Plutarco (Alejandro, 76) menciona que Alejandro murió el vigésimo octavo día del mes de Desia; M. L. Gasparov señala en las notas de la traducción: «Según los cálculos de los historiadores, [esto] corresponde al 10 de junio del año 323».
  3. Existe una leyenda difundida por Ptolomeo I según la cual Nectanebo II era el verdadero padre de Alejandro.
  4. 1 2 Según algunas opiniones, el Libro del profeta Daniel se escribió tras la muerte de Alejandro.
  5. Según E. Bertels: 1. La huida de Nectanebo de Egipto y su vínculo con Olimpia; 2. El nacimiento de Alejandro; 3. La campaña africana y la fundación de Alejandría; 4. La guerra de Alejandro en Siria; 5. El viaje de Alejandro al campamento de Darío bajo la apariencia de un embajador, la guerra contra Darío y la conquista de Irán; 6. La guerra contra Poro, soberano de la India; 7. El encuentro de Alejandro con los brahmanes gimnosofistas; 8. Alejandro y la reina Candace; 9. Alejandro en el país de las amazonas; 10. La muerte de Alejandro en Babilonia.

Referencias

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  1. Marco Juniano Justino, 2005, VII, 1.
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Bibliografía adicional

Enlaces externos

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  • BERJAYA Wikimedia Commons alberga una categoría multimedia sobre Alejandro Magno.
  • BERJAYA Wikiquote alberga frases célebres de o sobre Alejandro Magno.
  • QUINTO CURCIO RUFO: Historias de Alejandro Magno de los macedonios (Historiae Alexandri Magni Macedonis).
  • PLUTARCO: Vidas paralelas.
  • PLUTARCO: Moralia, IV, 24: Sobre la fortuna o virtud de Alejandro Magno (Περί της Αλεξάνδρου τύχης ή αρετής - De Alexandri magni fortuna aut virtute).
    • Texto, en el Proyecto Perseus, de la traducción inglesa corregida y editada por William W. Goodwin, y publicada en 1874; en la parte superior derecha se hallan los rótulos activos focus (para cambiar a la traducción inglesa de Frank Cole Babbitt, de 1936, al texto griego fijado por Gregorius N. Bernardakis en 1889 o al fijado por Babbitt en 1936) y load (para cotejar las dos traducciones, para cotejar los dos textos griegos y para obtener el texto bilingüe).
      • Sobre la virtud, véase "Areté".
        • William W. Goodwin (William Watson Goodwin, 1831 - 1912): clasicista estadounidense, profesor de griego de la Universidad de Harvard.
        • Gregorius N. Bernardakis (Gregorios N. Bernardakis: Γρηγόριος Ν. Βερναρδάκης; translit.: Grigorios N. Vernardakis; neolatín: Gregorius N. Bernardakis; 1848 - 1925): filólogo y paleógrafo griego.
  • APIANO: Las guerras civiles; II, 149 - 154: Comparación entre César y Alejandro.
    • Textos griego y francés en el sitio de Philippe Remacle.
      • Philippe Remacle (1944 - 2011): helenista belga de expresión francesa.
  • DEMÓSTENES o HIPÉRIDES: Sobre el tratado con Alejandro (Περὶ τῶν πρὸς Ἀλέξανδρον Συνθηκῶν).
    • Texto francés, con anotaciones en el mismo idioma, en el sitio de Philippe Remacle. Los números en azul entre corchetes son rótulos activos que sirven para cambiar al griego.
      • Texto griego en el mismo sitio. Los números en azul entre corchetes son rótulos activos que sirven para cambiar al francés.
  • FLAVIO ARRIANO:
  • PSEUDO CALÍSTENES: Carta de Alejandro Magno a Aristóteles y a Olimpia sobre los prodigios de la India.
    • Texto francés, con anotaciones en el mismo idioma, en el sitio de Philippe Remacle; trad. de Jules Berger de Xivrey (1801 - 1863). Imprimiere Royale (hoy, Imprimerie Nationale), París, 1836.
      • Jules Berger de Xivrey (1801 - 1863): bibliotecario e historiador francés, considerado como uno de los mayores eruditos de su época.
  • ARISTÓTELES: Sobre el mundo (Περὶ Κόσμου), carta del filósofo a Alejandro.
    • Texto francés, con introducción y comentarios en este idioma, en el sitio de Philippe Remacle; trad. de Charles Batteux, revisada y corregida por Ferdinand Höfer. París, 1843.
      • Charles Batteux (1713 - 1780): erudito y polígrafo francés.
  • Alejandro Magno; texto recogido en Internet Archive
  • Alejandro Magno o la demostración de la divinidad; texto en PDF, recogido en Internet Archive.


Predecesor:
Filipo II de Macedonia
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Rey de Macedonia
336 - 323 a. C.
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Shahanshah de Persia
330 - 323 a. C.


Historia de Grecia


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