BERJAYA

Mis venenos, Charles-Augustin Sainte-Beuve

Emiliano Molina

solodelibros.es

http://www.solodelibros.es/09/04/2007/mis-venenos-charles-augustin-sainte-beuve/

Los cuadernos de notas, o de apuntes, de literatos y pensadores casi siempre aportan algo extra a su lectura: una especie de interés subyacente al mismo texto, como si nos pudiésemos acercar más al hombre que al genio. En el caso de Sainte-Beuve, esto parece a priori muy interesante, ya que su faceta como crítico supera con creces a la de escritor, y el tener acceso al diario personal de un crítico es toda una aventura.

No obstante, lo que uno se ha encontrado en Mis venenos es un caudal de pensamientos e impresiones bastante deslavazados, que tienen destellos de genialidad en contadas ocasiones y que en gran medida resultan monótonos para un lector de un siglo después. Lo que sí prolifera en muchas anotaciones es el sentido común, cosa que es agradable de observar, pero que en sí mismo no aligera la lectura, que en determinados puntos se torna realmente aburrida. Se echa en falta, además, la incorporación de notas al texto para facilitar su comprensión, pues no hay que olvidar que el autor se refiere una y otra vez a escritores, políticos, filósofos y críticos de la primera mitad del siglo XIX, muchos de los cuales resultan desconocidos por completo para alguien de hoy en día.

Sainte-Beuve es conocido por incorporar la figura del escritor (como persona —y personaje—) a la crítica de su obra; quizá por ese motivo en estos venenos hay muchas anotaciones sobre artistas que el autor conoció y trató de primera mano: George Sand, Victor Hugo, Mérimée o Balzac. Sin embargo, no es en esos apuntes donde se encuentran los pasajes más interesantes, ya que el autor (como confiesa en el prólogo) utilizaba sus esbozos como desahogo, como simple forma de volcar al papel sus frustraciones, sus malos humores y sus desencantos. Por lo tanto, muchas de sus notas apenas aportan nada a las figuras de las que habla; si acaso, confirman datos de su carácter o su posición.

“Balzac, hasta en sus mejores novelas, ha conservado siempre algo de la bajeza y, por así decir, de lo crápula de sus inicios.”

“Hugo altera todas las ideas que nos hacemos del poeta lírico. Acostumbramos a definir al poeta lírico como una cosa ligera […]. En lugar de esto, Hugo nos ofrece un pensamiento complicado, calculado, que manipula todas las cosas.”

“La Sra. Dudevant comete infamias, y escribe sublimidades. Se jacta de que nunca creerán lo que es, y que la frase, en definitiva, prevalecerá.”

Precisamente ese tono de despecho y abandono es lo que arrebata el interés a estas confesiones. (No obstante, es posible que puedan tenerlo para los estudiosos de Sainte-Beuve, o del periodo histórico correspondiente.) Lejos de sacar a la luz detalles que puedan iluminar sus reflexiones, las notas apenas muestran el lado mezquino que, posiblemente, el autor no quería mostrar en sus escritos públicos; no por temor a las represalias o los comentarios, sino por tener un lugar donde arrojar sus excrecencias sin que tuvieran que hacerse públicas.

En el apartado “Anotaciones y pensamientos” es en el que encontramos algunas opiniones que valen la pena. Sainte-Beuve, más allá de que su posición crítica sea o no compartida, era un buen conocedor de sus contemporáneos y estaba al tanto de lo que ocurría a su alrededor. Es sorprendente la validez que pueden tener hoy en día algunas de sus observaciones:

“Un soberano que acaba de subir al trono, o mejor dicho, de usurparlo, está tan ansioso por fundir toda la fortuna de sus predecesores y acuñar cada moneda en circulación con su efigie, como son rápidos en general los críticos recientes en romper y acuñar de nuevo todos los juicios literarios de sus antecesores. Sus sucesores les pagarán con la misma moneda.”

No obstante, en general el libro sabe a poco. Buena parte del texto es demasiado personal, demasiado concreto —temporal y geográficamente—, lo cual desgasta a un lector poco ducho en la materia. Sainte-Beuve dice al comienzo de la obra que ésta «no debiera caer más que en manos amigas», ya que el público no comprendería sus lucubraciones internas y le tomarían por un misántropo. Puede que el lector sea un poco más magnánimo de lo que Sainte-Beuve creía, pero está claro que, a no ser que sus manos sean amigas, Mis venenos es perfectamente prescindible.

BERJAYA

El secreto del mundo

Antonio Ortega

El País (Babelia)

Madrid

http://www.elpais.com/articulo/narrativa/secreto/mundo/elpepuculbab/20070407elpbabnar_4/Tes

La obra de Philippe Jaccottet es señalada como una de las más importantes de la actual literatura en lengua francesa, y goza de un fervor creciente gracias a la ejemplaridad e intencionalidad ética que determinan la realidad patente y precisa de sus textos. Su escritura abarca toda la segunda mitad del siglo XX y se prolonga en la cuidada intensidad de sus últimos libros, nacidos ya en el marco del recién estrenado siglo XXI. Gracias al constante buen hacer de Rafael-José Díaz, su principal traductor al español y conocedor profundo de la obra entera del suizo, el lector ha podido acercarse a algunos de sus principales libros: A la luz del invierno (Calima, 1997); Antología personal (Igitur, 2002); A través de un vergel (Ultramarino, 2003);Cuaderno de verdor (Bartleby, 2005) y La oscuridad (Artemisa, 2005).

Sus primeros poemas dan cuenta del conflicto entre lo poético entendido como discurso más o menos explícito, y lo poético como proceso. En los años que van de Réquiem (1947) hasta El ignorante (1958), asistimos a la consolidación de una voz: el poeta aprende y define un registro que le permite alcanzar una exactitud y justeza de tono sin la cual no habría sido posible su obra. Es en El ignorante donde establece un equilibrio entre meditación y contemplación, una nueva apertura sobre el mundo que se recoge en un hablar «bajo», «a media voz» y con «palabras ligeras»; que busca «el resplandor de los murmullos», «esa palabra dicha en un soplo a la boca que espera / y esa bruma un instante tan sólo en el astro de ojos ardientes»; y que declara la gracia de los beneficios de la luz.

Es la sabiduría de la ignorancia, que ajena a toda certeza, sólo alcanza lo que se ha visto y probado íntimamente. A refugio del curso caótico de la historia y de la ilusión de las imágenes, el poema puede sorprender la secreta pulsión de las formas de un tiempo cómplice, y acercarse a un orden y a un acuerdo con el mundo. El poema invita a la escucha, a asociar palabra y vida. Ése es «el secreto» que descubre: «¿No es preciso, al contrario, / dejar que invada muda los muros esta hiedra / por miedo a que una palabra de más separe nuestras bocas / y el mundo fascinante se desplome?». Fuera de toda ciencia comprobable, la poesía no puede sino estar en suspenso, suscitar e intuir eso que se formula en algunas «palabras en el aire», que a la vez que aladas son sabedoras de su precariedad. Desarmado ante esa precariedad de la existencia y ante la muerte, la voz del mundo se afirma, sin embargo, en la transparencia del día: «Lo que transforma incluso la muerte en una línea blanca / al alba, el pájaro lo dice a quien le escucha».

La exactitud del poema viene de la mano de la misma justeza de la vida: «Que mi forma de brillar sea borrarme». Y ésa es la razón por la que ésta es una escritura de la expropiación, de la indigencia: «Cuanto más envejezco más crezco en ignorancia, / cuanto más he vivido, menos poseo y menos reino». Una postura existencial, una moral de la escritura y una ética personal. Una palabra decidida en la claridad y la transparencia, que no esconde la finitud ni la muerte, que ocupa el lugar fecundo de la ignorancia, ese lugar dejado por el conocimiento: «La labor de una mirada que se apaga de hora en hora / ya no es ni soñar ni formar llantos, / sino vigilar como un pastor y convocar / todo lo que podría perderse si él se duerme». Todo rebaño necesita de un pastor.

Nada más realista que esa mirada a «ras de tierra», allí donde crece una hierba que, renovada cada primavera, es siempre nueva y siempre la primera. Jaccottet alcanza en El ignorante, con un lenguaje despojado y cercano a la experiencia de lo cotidiano, una madurez a medio camino entre la conversación y la elocuencia, un libro fuerte y singular, capaz de responder a las preguntas cruciales de un mundo enfrentado a la racionalidad tecnológica y a los mundos virtuales de la imagen. Sólo así es posible que «se revele lo que nadie esperaba», sólo «cuando hablemos con la voz del ruiseñor…».

BERJAYA

Las trampas de la belleza

José María Guelbenzu

El País (Babelia)

Madrid

http://www.elpais.com/articulo/narrativa/trampas/belleza/elpepuculbab/20070407elpbabnar_2/Tes

El fervor por el escritor suizo en francés Philippe Jaccottet crece cada día. Una novela y un poemario coinciden en las librerías españolas. Su intencionalidad ética y su acercamiento a la palabra son ejemplares. Si en La oscuridad narra el reencuentro entre un viejo y su discípulo, que comprueba el estado de desgracia en que ha caído su maestro, en El ignorante sus poemas responden a preguntas cruciales de un mundo enfrentado a la tecnología y lo virtual.

Philippe Jaccottet (Moudon, Suiza, 1925) es uno de los grandes poetas franceses contemporáneos. Ha escrito poemas (sobre todo), prosas varias, notas de viaje, ensayos… y una novela corta, libro que hoy nos ocupa y del que hay que apresurarse a decir que se trata de un texto muy singular, al que Louis-René des Fôrets calificó con todo acierto de «novela ontológica». No se asuste el lector ante el calificativo: es un relato excepcional y fascinante, como explicaré a continuación.

La novela cuenta el reencuentro entre un viejo maestro y su discípulo; éste, que no ha vuelto a verlo desde hace muchos años, regresa para visitarlo y se entera de que el maestro ha abandonado a su mujer y a su hijo y se ha recluido en un rincón miserable de un barrio marginal de una ciudad (¿París?) al abrigo de todo contacto; se encuentra en una crisis de autodestrucción que ha decidido afrontar solo y escondido en sus últimos años de vida; no ve a nadie y sus allegados han dejado de intentar acercarse a él, pero atiende a la llamada de su discípulo y le recibe. Lo que escuchamos en estas ciento y pico de páginas es la voz del discípulo como narrador. En la parte primera, el relato de aquella visita y en la segunda, la recapitulación del discípulo tiempo después, cuando ha llegado a la edad del maestro. El discípulo, cuando se alejó del maestro lo dejó en estado de serenidad y se fue a buscar por su cuenta el «caminar en la belleza de la luz que yo imaginaba que él estaba soñando». Eso cree haber aprendido. A su vuelta le reencuentra en estado de suma desgracia.

Los dos hablan en la noche, una noche larga, difícil, confidencial. «No es sino el tiempo lo que me ha destruido», dice el maestro, que añade luego: «Después de haber aparecido como fuente de luz, la muerte se convierte en la verdadera oscuridad»; su historia personal es el paso que va de interrogar a la muerte como referente último de una vida luminosa por conquistar y poseer al de recibir a la muerte como una percepción del fin. El maestro vencido y temeroso de la oscuridad habla, y el narrador no deja de advertir, dirigiéndose a la extinción y descreído de todo, el maestro se emplea a fondo en utilizar las palabras con precisión y belleza; quizá son las palabras su última posesión. Por lo demás, lo que cuenta es su rendición y su miedo, como constata el discípulo. Lo único que encuentra vivo en él, para mayor desolación, es el sentimiento de la nulidad de la vida. No se explica el penoso trayecto hacia la nada en aquel que ha sido para él un maestro de verdad.

En la segunda parte, la oscuridad (que no es otra cosa que la muerte) no se concentra en una noche; al contrario, casi parece disiparse cuando entran por el recuerdo del discípulo dos episodios de luz del maestro: la relación con la joven actriz con la que él le sorprendió (el mismo día que lo vio en persona por vez primera) y la relación con la esposa y el hijo, es decir, dos episodios de amor. En ambos se manifiesta la clave de la derrota, que no es sino el deseo de tenerlo todo; lo que le derrota es el orgullo, la aspiración de absoluto porque, paradójicamente, lo coloca en una situación de indefensión ante la realidad pues buscó el secreto de la vida fuera de la molesta verdad de su incertidumbre: «Tan modesto, tan despreocupado en apariencia ¿no había intentado tenerlo todo?: la gloria sin sus compromisos, el amor sin sus peligros, la desgracia sin su veneno…». En definitiva su búsqueda de la luz fue una aspiración de pureza y sabiduría que le condujo, paradójicamente, a rehusar los compromisos que la vida exige; entonces, cuando la oscuridad ataca, el maestro descubre su fragilidad. Y se pregunta el discípulo: «Todo lo que debo saber es si la desgracia podía ser evitada; dicho de otro modo, si es fatal que el hombre lúcido se hunda». Y en esta tesitura encontramos al narrador de la segunda parte, cuando a su vez él ha llegado a la etapa final y se encuentra entre la luz y la oscuridad, la serenidad y la desesperación.

El relato parece hallarse fuera de tiempo y espacio, pero es apariencia. Lo que lo construye es la esencia de lo humano contemporáneo, del sentido de un mundo donde «que Dios se calle, o esté muerto, o sea definitivamente extranjero, lejos de privar al mundo de su fuego (me) parece más bien que se lo da: una especie de promesa que no prometería nada»: he aquí el suelo que pisa el hombre actual: pura incertidumbre. Pero, ciertamente, esta novela de bellísima expresividad es una verdadera ontología propuesta y resuelta en forma de literatura. No fácil, pero fascinante. Y acaba mostrando una interrogante que se llena de sugerencia y que deja al autor frente a la escritura de manera terminante: la palabra y la muerte, ¿cuál de las dos es más cierta?

BERJAYA

Juan Manuel García Ramos publica «Colón, entre la historia y la literatura»

Mariano de Santa Ana

La Provincia / Diario de Las Palmas

Las Palmas de Gran Canaria

El escritor y filólogo edita también La vorágine, de José Eustasio Rivera

Obstinado desde hace años en la cartografía literaria de lo que ha dado en llamarse atlanticidad, el escritor y catedrático de Filología Española de la Universidad de La Laguna Juan Manuel García Ramos (La Laguna, 1949) da una vuelta de tuerca en su último libro, Colón, entre la historia y la literatura (Santa Cruz de Tenerife, Artemisa, 2006), al que, si no es el inaugurador del espacio atlántico, sí es el personaje que propició para siempre un viraje abrupto de su percepción geográfica y de su sustancia mítica.

García Ramos, que en un anterior ensayo, Por un imaginario atlántico (1996), ya se ha ocupado de la estela del navegante en la novela hispanoamericana del siglo XX, analiza en esta obra las fuentes bibliográficas de que se sirvió Colón antes de emprender el viaje que le convertiría para la historia occidental en el descubridor de América, y del alud de títulos que generó su hazaña, singularmente los aparecidos con motivo de los quintos centenarios de su encuentro con la otra orilla del Atlántico y de su muerte, y de una novela, Los perros del paraíso, de Abel Posse, centrada en sus amores con la señora de La Gomera, Beatriz de Bobadilla.

«Colón es una suerte de Simbad de la era moderna. Las motivaciones de sus viajes en algo coinciden: las nuevas rutas, la aventura, la riqueza, el comercio, la gloria, aunque el genovés también albergara la creencia de considerarse un elegido de Dios a la hora de acometer su empresa de navegación», explica Juan Manuel García Ramos en su libro.

Y junto a su último título aparece también en edición suya y dado a la imprenta por el mismo sello editorial La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera (1888-1928), una novela que, según explica su introductor canario, tiene muchos parangones temáticos y estructurales con El corazón de las tinieblas de Josep Conrad y que discurre en el corazón de la selva, en un infierno verde donde sufre una humanidad que consume sus días ignorada por el resto del mundo.

BERJAYA

Charles-Augustin Sainte-Beuve

Redacción

Tiramillas. La web de ocio de Marca

Madrid

http://www.tiramillas.net/libros/resenas/resenas070328/sainte-beuve.html

«Mis venenos» es un compendio de observaciones y pensamientos, redactado hacia la mitad del siglo XIX pero publicado en 1926, en el que el crítico por excelencia de la literatura francesa, Sainte-Beuve, deja constancia de su lucidez escéptica. Nadie sale indemne (Musset, Sand, Thiers, Hugo, De Vigny, Lamartine, Gautier, Balzac), ni siquiera él mismo: «Éste es mi arsenal de venganzas; digo la verdad». Esta edición, prologada por Juan Malpartida, especialista en la obra del autor francés, ofrece por vez primera en castellano a los lectores especialmente interesados en la crítica literaria una de las obras mayores de Sainte-Beuve. La obra cuenta con un prólogo de Juan Malpartida.

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Herman Melville: «Las Encantadas»

Jorge de Barnola

República de las Letras

Madrid

http://www.acerevistas.blogspot.com.es/2007_04_01_archive.html

Toda literatura es viaje. Viaje de tribulaciones por el Mediterráneo, viaje de tribulaciones por el subsuelo de nuestra conciencia o viaje de tribulaciones por una ciudad, llámese ésta Dublín, Madrid o Tánger. Por eso el género es artificioso, pero necesario a la hora de clasificar esos viajes que nos depara la literatura. La que nos ocupa en este breve artículo se llamará narrativa de viajes, y cabría distinguirse en tres tipos, bien definidos entre ellos, pero que, no obstante, guardan una estrecha relación. Por un lado estarían los viajes que obedecen a una investigación sobre el terreno, la que configuran los mapas, y sus autores son los estrategas, los científicos, los cartógrafos, los topógrafos, los naturalistas, que desentrañan los secretos de tierras desconocidas y cuyo fin último es la expansión territorial (pensemos que los medios con que se contaba para estas expediciones provenían siempre de las arcas de un estado). En esta categoría pondríamos a Cayo Julio César, a Ibn Yubayr, a Marco Polo, a Ibn Battuta o a George S. Nares. Por otro lado estarían los libros escritos después de esas primeras incursiones, ya cargados de más literatura (si esto es posible), y donde el autor goza de una suerte de viaje vacacional (Washinton Irving, Théophile Gautier, Ernest Hemingway o Paul Theroux); por último señalaríamos los viajes a mundos imaginarios, cuya cota más alta la encontramos en la recreación de utopías o fantasías alucinantes (recordemos a Tommaso Campanella, a Jonathan Swift, a Jorge Luis Borges o a Ítalo Calvino). Como se aprecia en estas líneas, la lista sería monumental.

Sirva esta pequeña introducción para presentar Las Encantadas de Herman Melville, un libro de viajes que se asienta en esa literatura del viaje como placer, pero que también nos desvela historias tan sorprendentes, que a veces rayan la fantasía. El lector adivinará en Las Encantadas una fusión de las dos tendencias últimas que arriba se han mencionado, y es que, el saber contar de una de las plumas más brillantes de literatura universal, tiene esos efectos para con los libros de viajes. Fue concebido en 1854 y publicado ese mismo año bajo el seudónimo de Salvador R. Tarnmoor, seguramente por encargo, y viene a engrosar esa lista enorme de títulos que vieron la luz en tan sólo doce años (Taipi: un edén caníbal, 1846; Omoo, 1847; Mardí, 1849; Redburn, 1849; La chaqueta blanca, 1850; Moby Dick, 1851; Pierre o las ambigüedades, 1852; Israel Potter, 1855; Los cuentos de la veranda, 1856, que incluye Benito Cereno, Bartleby el escribiente y Las Encantadas, ya sin la máscara del seudónimo; y El hombre de confianza, 1857). Después vinieron treinta y cuatro años de silencio literario, y su desaparición física, en 1891. En 1924 verían la luz de Londres The Apple-Tree Table y Billy Budd, redactadas poco antes de su muerte.

Lo que encontrará el lector en Las Encantadas es un periplo delicioso por las islas Galápagos, un paisaje lleno de animales extraños, personajes que rozan lo mágico, piratas, náufragos, ermitaños, utopías forjadas en las islas como adelantándose a una Cuba hoy en su cenit, hombres que quisieron reinar, sueños más propios de la literatura que de la realidad. Las Encantadas tiene mucho de Stevenson, de Defoe, incluso de Poe. Pero es Melville su ejecutor, el que compone los diez cuadros que se van abriendo a modo de cuaderno de bitácora, y con él nos adentramos a este extraño enclave del Pacífico, un lugar sólo apto para supervivientes, para hombres que huyen de la ley, para dechados de la vida, hombres sin patria, expatriados de toda civilización. Las Galápagos o Las Encantadas son islas agrestes, de tierra volcánica, esculpidas y escupidas de las entrañas de la tierra. Llámense Isabela (Albemarle), Santa Cruz (lndefaligable), Morana (Charles), Santa Fe (Barrington), Santiago (James), Española (Hood), San Cristóbal (Chatam), Marchena (Bindeoe), Pinta (Abingoon)… son todas de enormes dimensiones, islas de volcanes basálticos que se levantan hasta los 1500 metros sobre el nivel del mar, con más de cinco millones de años de existencia. Si sumamos a esto que la zona es de difícil acceso por las fuertes corrientes que las asedian, y que la primera carta de navegación de las islas corrió a cargo del bucanero Ambrose Cowley en 1684, no nos ha de extrañar nada esa suerte de confabulación entre el rigor de la ciencia, la historia y el misterio casi sobrenatural que acecha cada página que nos brindó Melville. De ahí que nos abra la mente con una serie de descripciones sobre las islas, su botánica, su fauna, y después nos vaya narrando las pericias de ciertos marinos, los sueños utópicos de un criollo en la isla de Charles, la triste historia de Hunilla, una chola que perdió a su marido en el mar, el periplo trágico del ermitaño Oberlus…

Artemisa Ediciones nos ha regalado un brillante libro, traducido por Ana Lima y prologado por Francisco León, una edición impecable que viene a sumarse a un catálogo lleno perlas (baste señalar a Stevenson, a Rilke, a Quiroga o a Güiraldes), y es que, esta hija de Zeus y Leto, está llamada a ser una editorial de referencia para aquellos que gustan de deleitarse en el contenido y en el continente de los libros (esas islas azotadas por el vaivén de las corrientes literarias).

BERJAYA

Robert Louis Stevenson: «El arte de escribir»

Roberto Bartual

República de las Letras

Madrid

Robert Louis Stevenson fue un escritor que se caracterizó por su habilidad para dar un uso exacto a la palabra dentro de estructuras narrativas diseñadas férreamente de modo que no dejasen nada al azar. Así lo prueban no sólo las obras de Stevenson conocidas por todos, La isla del tesoro y El extraño caso del Doctor Jekyll y MR. Hyde, sino también los relatos contenidos en Las nuevas noches árabes y El club de los suicidas, o la novela El señor de Ballantrae.

Se dice que hay quien escribe con brújula, dejándose llevar por la intuición y valiéndose tan sólo de la guía de unas coordenadas, mientras que otros escriben con mapa, marcando el camino que une un principio con un final antes de poner sobre el papel la primera palabra. Stevenson era uno de estos últimos escritores, como prueba en El arte de escribir, donde nos revela cómo antes de redactar La isla del tesoro  dibujó literalmente un mapa de su tierra imaginaria en el que estaban prefigurados no sólo los escenarios sino también los recorridos de los personajes de su novela. “Incluso con lugares imaginarios”, dice un Stevenson magníficamente vertido al castellano por María Sanfiel, “[el escritor] hará bien al principio en proveerse de un mapa; al estudiarlo se le harán evidentes relaciones en las que antes no había pensado, descubrirá obvios, aunque insospechados, senderos y atajos para sus mensajeros, e incluso cuando un mapa no constituya la trama en sí, como ocurría en La isla del tesoro, encontrará en él una mina de sugerencias”. Este metafórico mapa para orientar al escritor, novel o no, es precisamente lo que Stevenson traza en El arte de escribir, un volumen de siete ensayos sobre el oficio literario recientemente publicado por la editorial Artemisa.

Especialmente sugerente resulta el texto incluido en este delicioso libro y titulado “La moral de la profesión de letras”. En él, Stevenson reconoce dos clases de escritores: los que disfrutan con su oficio una recompensa por el simple hecho de practicarlo, mientras que los segundos obtienen poco más que un beneficio económico, por alto que éste sea. No es necesario subrayar la pertinencia que tienen dichas palabras en los tiempos que corren. Lo más interesante del razonamiento crítico de Stevenson, del cual es buena muestra esta afirmación, radica en su aparente ingenuidad. Pero no nos engañemos como hicieron los modernistas al desdeñar a Stevenson. No hay nada de simple en su escritura: reducir un problema a sus elementos más sencillos para denunciarlos con un estilo transparente y conciso, tiene mucho de complicado y es, justamente ésa, la concepción literaria que impregna la totalidad de este volumen, y por la que aboga Stevenson tanto a la hora de aportar sus argumentos a una discusión social como a la hora de elaborar una ficción.

La misma forma clara y precisa de análisis reaparece en el ensayo “Sobre algunos elementos técnicos de estilo”, donde Stevenson trata los diferentes planos estilísticos que afectan a la prosa y a la poesía, divididos muy victoriosamente en “elección de las palabras”, “entramado”, “ritmo de la frase” y “contenido de la frase”. Al margen de lo añejo (y no se tome esta palabra peyorativamente) que este análisis haya podido quedar en cuanto que teoría de la literatura, las palabras dedicadas a la métrica, rima interna y aliteración del verso que Stevenson incluye en las dos últimas secciones, no sólo son por su claridad de exposición y elocuencia en sus ejemplos una lección magistral sobre el arte poético, sino que podrían ser usadas todavía sin ningún tipo de sonrojo en cualquier clase universitaria de carácter introductorio.

Dos textos sobre El señor de Ballantrae (un ensayo y el prefacio de la novela), una confesión acerca de sus influencias literarias y un revelador texto contra el naturalismo muy en la línea de las costumbres de la literatura post-romántica ejemplificada en la Gran Bretaña victoriana por Lord Tennyson y el propio Stevenson, completan El arte de escribir. En suma, una pequeña joya que el amante de las letras no debería pasar por alto a la hora de hacer sus adquisiciones.

BERJAYA

Las Encantadas, de Herman Melville

José Ángel Cilleruelo

El Ciervo

Barcelona

Melville, que dejó de ser marinero para ser escritor, conoció las Islas Galápagos en un tiempo en el que los Mares del Sur eran un reclamo seguro para los lectores norteamericanos. El público se rendía ante sus enormes libros de viajes, como Typee y Omoo, pero le abandonó cuando convirtió el mar en un oscuro trasunto del alma humana. Casi nadie en su época leyó Moby Dick. Las Encantadas quiso recuperar a los lectores, mezclando, como muchos de sus libros, la aventura y la alegoría. Aunque no esté entre los grandes libros de Melville, hay que celebrar su publicación en España por primera vez, con una edición y una traducción realmente buenas.